(empieza en http://pensamientosdeuntiporaro.blogspot.com/2009/11/otra-cita-de-dick-que-podria-dar-un.html )
Para exorcizarlo decidí escribir sobre él, y la verdad es que conseguí lo que pretendía. Pero ahora sabía que había visto al maligno en persona, y de vez en cuando comentaba: "El maligno tiene un rostro de metal". Si quereis verlo con vuestros propios ojos, mirad las fotografías de las máscaras de guerra de los griegos áticos. Cuando los hombres desean inspirar miedo y matar se ponen rostros de metal como estos. Los caballeros cristianos a los que combatió Alexander Nevsky lleavaban máscaras cómo éstas. Todos tenían el mismo aspecto. Yo no había visto Nevsky cuando escribí Los tres estigmas, pero la vi más adelante, y cuando lo hice volví a ver aquella cosa colgada del firmamento, igual que en 1963, la cosa en la que se había transformado mi padre cuando yo era niño.
Así que Los tres estigmas es una novela que surgió de un profundo miedo atávico, un miedo que se remonta a mi infancia, relacionado sin duda con la tristeza y la soledad que sentí cuando mi padre nos abandonó. En la novela, mi padre aparece como Palmer Eldritch (el malvado padre, la criatura diabólica de la máscara) y también como Leo Bulero, el hombre delicado, gruñón, cálido, humano y lleno de amor. La novela surgió de la más intensa angustia que se pueda imaginar. En 1963 yo estaba viviendo de nuevo el aislamiento original que se había abatido sobre mi al perder a mi padre, y el horror y el miedo que transmite no son sentimientos ficticios concebidos para captar el interés del lector. Provenían de las regiones más profundas de mi interior: el anhelo de un buen padre y el miedo del malvado, el padre que me abandonó.
En el relato Los días de Perky Pat encontré un vehículo que podía transformar en base temática para la novela que quería escribir. Perky Pat es la criatura eternamente sugerente y bella, das ewige Weiblichkeit, "el eterno fememenino", como lo definió Goethe. El aislamiento generó la novela y el anhelo generó el relato, de modo que la novela es una mezcla de miedo al abandono y fantasía, la de una mujer hermosa que te espera..., en alguna parte, conocida solo por Dios. Aún tengo que averiguarlo. Pero una cosa puedo decir: si estás solo un día tras otro, delante de tu máquina de escribir, hilvanando relato tras relato sin nadie con quien hablar y sin nadie con quien pasar el rato a pesar de tener, teóricamente, una mujer y cuatro hijas, de cuya casa has sido expulsado, desterrado a una cabaña de una sola habitación, tan fría que en invierno la tinta se congela en el tintero, acabarás escribiendo sobre caras metálicas con ranuras en lugar de ojos y sobre cálidas jovencitas. Es lo que yo hice. Y lo que aún sigo haciendo.
Los tres estigmas recibió una acogida diversa. En Reino Unido algunos críticos la describieron como una blasfemia. Terry Carr, mi agente en Scott Meredith en aquella época, me dijo: "Esta novela es una locura", aunque finalmente acabó por cambiar de opinión. Otros la definieron como una novela muy profunda. Para mí era simplemente aterradora. Me daba tanto miedo que no fui capaz de leer las galeradas. Es una siniestra travesía al reino de lo místico, lo sobrenatural y lo totalmente malvado, tal como lo concebía yo por entonces. Digamos que me gustaría que Perky pat se presentara en mi puerta, pero me da pánico la posibilidad de que, cuando vaya a abrir la puerta, sea Palmer Eldritch y no ella quien ha llamado. De hecho, para ser sincero, ninguno de los dos ha aparecido en mi puerta en los diecisiete años transcurridos desde que escribí la novela. Imagino que la vida es así: nunca llega a suceder lo que más temes, pero tampoco lo que más anhelas. Ésa es la diferencia entre la vida y la ficción. Supongo que no está mal que sea así. Pero tampoco estoy seguro. (1979)"
lunes, 9 de noviembre de 2009
viernes, 6 de noviembre de 2009
Otra cita de Dick, que podría dar un bonito cortometraje.
"LOS DÍAS DE PERKY PAT "The Days of Perky Pat" ("In the Days of Perky Pat") [18 de abril de 1963] en Amazing, diciembre 1963.
Los días de Perky Pat se me ocurrió un día al ver a mis hijas jugando con unas barbies. Obviamente, estas muñecas anatómicamente hiperdesarrolladas no estaban diseñadas para el uso de los niños o, para ser más precisos, no deberían haberlo estado. Barbie y Ken eran dos adultos en miniatura. La idea era que había que seguir comprándoles más y más ropa a fin de que mantuvieran el tren de vida al que estaban acostumbrados. Tuve una visión en que Barbie entraba en mi dormitorio de noche y me decía "Necesito un abrigo de armiño". O, peor aún, "Eh, chicarrón, ¿Quieres hacer un viaje a Las Vegas en mi Jaguar XKE?". Me entró miedo que mi esposa me sorprendiera con Barbie y nos pegara un tiro.
La venta de Los días de Perky Pat fue muy fácil, porque en aquella época Cele Goldsmith, una de las mejores profesionales del medio, era la editora de Amazing. Avram Davidson, editor de Fantasy & Science Fiction la había rechazado, pero más tarde me contó que, de haber sabido de las muñecas Barbie, posiblemente no lo hubiese hecho. Me cuesta creer que alguien no conozca a las muñecas Barbie. A fin de cuentas, yo tenía que hacer frente a sus caros caprichos constantemente. Era tan difícil como mantener en funcionamiento mi aparato de televisión: el aparato siempre necesitaba algo, y lo mismo le pasaba a Barbie. Siempre pensé que Ken tendría que comprarse su propia ropa.
Aquella época (comienzos de los años sesenta) fue muy prolífica para mí, y algunos de mis mejores relatos y novelas datan de entonces. Mi mujer no me dejaba trabajar en casa, así que alquilé una pequeña cabaña por veinticinco dólares al mes, a la que me iba a trabajar todas las mañanas. Estaba fuera del condado. Lo único que veía durante el trayecto eran unas pocas vacas en sus pastos y mi propio rebaño de ovejas, que nunca hacían otra cosa que caminar tranquilamente detrás de los pastores. Aquella cabaña en la que me pasaba los días enteros era terriblemente solitaria. Puede que echara de menos a Barbie, que estaba en casa, con los niños. Así que es posible que Los días de Perky Pat fuera la expresión fantasiosa de mis propios deseos. Me habría encantado ver aparecer a Barbie -o a Perky Pat o a Connie Companion- en la puerta de mi cabaña.
Lo que sí apareció fue algo espantoso: la visión del rostro de Palmer Eldritch, que se convertiría en la base de la novela Los tres estigmas de Palmer Eldritch, generada por el relato de Perky Pat.
Un día estaba caminando por la acera que llevaba a mi cabaña, preparándome para hacer frente a ocho horas de escribir en un aislamiento total de la especie humana, cuando levanté la mirada hacia el cielo y vi una cara. No la vi en realidad, pero estaba allí, y no era una cara humana; era el semblante de una maldad absoluta. Ahora me doy cuenta (y creo que también lo hice en su momento) de que lo que provocó aquella visión fueron los meses de aislamiento, la privación de todo contacto humano, la ausencia, de hecho, de estímulos sensoriales... En cualquier caso, el semblante estaba allí, imposible de ignorar. Era inmenso. Ocupaba una cuarta parte del cielo. Tenía dos ranuras vacías en lugar de ojos, era metálico y cruel y, lo que es peor, era Dios.
Subí al coche y fui a mi iglesia, la episcopaliana de Saint Columbia, donde hablé con mi pastor. Tras escucharme, llegó a la conclusión de que había vislumbrado a Satán por un momento, y me dio la extremaunción. No la extremaunción final, sino una puramente curativa. No me sirvió de nada: el rostro de metal seguía en el cielo. Estuvo allí todo el día.
Años más tarde, mucho después de haber escrito Los tres estigmas de Palmer Eldritch y habérselo vendido a Doubleday (la primera vez que les vendí una de mis obras), me encontré con un retrato en un número de la revista Life. Se encontraba en un búnker de observación construido por los franceses en el Marne, durante la primera guerra mundial. Mi padre había combatido allí durnante la segunda batalla del Marne. Mi padre pertenecía al Quinto de marines, una de las primeras unidades norteamericanas que llegó a Europa para participar en aquel espantoso conflicto. Cuando yo era muy niño me enseñó su uniforme, con la máscara de gas, el equipo de filtración y todo, y me contó que, durante los ataques con gas, a los soldados les entraba el pánico cuando se saturaba el carbón de sus sistemas de filtración y algunos llegaban a arrancarse la máscara y echar a correr. Yo sentía una enorme ansiedad al escuchar esas historias. Y también al ver a mi padre jugando con su máscara y su casco. Pero lo que más me aterraba era cuando se la ponía. Su rostro desaparecía. Dejaba de ser mi padre. De hecho, dejaba de ser humano. Yo solo tenía cuatro años. Cuando mis padres se divorciaron, pasé años sin verlo. Pero su imagen con aquella máscara, fundida con los relatos de hombres con las tripas colgando, hombres destruidos por la metralla... Décadas después, en 1963, al caminar un solitario día tras otro por aquella senda campestre, sin nadie con quien hablar, sin nadie con quien estar, volví a ver aquel semblante metálico, ciego, inhumano, solo que esta vez trascendente y vasto, completamente maléfico.
Los días de Perky Pat se me ocurrió un día al ver a mis hijas jugando con unas barbies. Obviamente, estas muñecas anatómicamente hiperdesarrolladas no estaban diseñadas para el uso de los niños o, para ser más precisos, no deberían haberlo estado. Barbie y Ken eran dos adultos en miniatura. La idea era que había que seguir comprándoles más y más ropa a fin de que mantuvieran el tren de vida al que estaban acostumbrados. Tuve una visión en que Barbie entraba en mi dormitorio de noche y me decía "Necesito un abrigo de armiño". O, peor aún, "Eh, chicarrón, ¿Quieres hacer un viaje a Las Vegas en mi Jaguar XKE?". Me entró miedo que mi esposa me sorprendiera con Barbie y nos pegara un tiro.
La venta de Los días de Perky Pat fue muy fácil, porque en aquella época Cele Goldsmith, una de las mejores profesionales del medio, era la editora de Amazing. Avram Davidson, editor de Fantasy & Science Fiction la había rechazado, pero más tarde me contó que, de haber sabido de las muñecas Barbie, posiblemente no lo hubiese hecho. Me cuesta creer que alguien no conozca a las muñecas Barbie. A fin de cuentas, yo tenía que hacer frente a sus caros caprichos constantemente. Era tan difícil como mantener en funcionamiento mi aparato de televisión: el aparato siempre necesitaba algo, y lo mismo le pasaba a Barbie. Siempre pensé que Ken tendría que comprarse su propia ropa.
Aquella época (comienzos de los años sesenta) fue muy prolífica para mí, y algunos de mis mejores relatos y novelas datan de entonces. Mi mujer no me dejaba trabajar en casa, así que alquilé una pequeña cabaña por veinticinco dólares al mes, a la que me iba a trabajar todas las mañanas. Estaba fuera del condado. Lo único que veía durante el trayecto eran unas pocas vacas en sus pastos y mi propio rebaño de ovejas, que nunca hacían otra cosa que caminar tranquilamente detrás de los pastores. Aquella cabaña en la que me pasaba los días enteros era terriblemente solitaria. Puede que echara de menos a Barbie, que estaba en casa, con los niños. Así que es posible que Los días de Perky Pat fuera la expresión fantasiosa de mis propios deseos. Me habría encantado ver aparecer a Barbie -o a Perky Pat o a Connie Companion- en la puerta de mi cabaña.
Lo que sí apareció fue algo espantoso: la visión del rostro de Palmer Eldritch, que se convertiría en la base de la novela Los tres estigmas de Palmer Eldritch, generada por el relato de Perky Pat.
Un día estaba caminando por la acera que llevaba a mi cabaña, preparándome para hacer frente a ocho horas de escribir en un aislamiento total de la especie humana, cuando levanté la mirada hacia el cielo y vi una cara. No la vi en realidad, pero estaba allí, y no era una cara humana; era el semblante de una maldad absoluta. Ahora me doy cuenta (y creo que también lo hice en su momento) de que lo que provocó aquella visión fueron los meses de aislamiento, la privación de todo contacto humano, la ausencia, de hecho, de estímulos sensoriales... En cualquier caso, el semblante estaba allí, imposible de ignorar. Era inmenso. Ocupaba una cuarta parte del cielo. Tenía dos ranuras vacías en lugar de ojos, era metálico y cruel y, lo que es peor, era Dios.
Subí al coche y fui a mi iglesia, la episcopaliana de Saint Columbia, donde hablé con mi pastor. Tras escucharme, llegó a la conclusión de que había vislumbrado a Satán por un momento, y me dio la extremaunción. No la extremaunción final, sino una puramente curativa. No me sirvió de nada: el rostro de metal seguía en el cielo. Estuvo allí todo el día.
Años más tarde, mucho después de haber escrito Los tres estigmas de Palmer Eldritch y habérselo vendido a Doubleday (la primera vez que les vendí una de mis obras), me encontré con un retrato en un número de la revista Life. Se encontraba en un búnker de observación construido por los franceses en el Marne, durante la primera guerra mundial. Mi padre había combatido allí durnante la segunda batalla del Marne. Mi padre pertenecía al Quinto de marines, una de las primeras unidades norteamericanas que llegó a Europa para participar en aquel espantoso conflicto. Cuando yo era muy niño me enseñó su uniforme, con la máscara de gas, el equipo de filtración y todo, y me contó que, durante los ataques con gas, a los soldados les entraba el pánico cuando se saturaba el carbón de sus sistemas de filtración y algunos llegaban a arrancarse la máscara y echar a correr. Yo sentía una enorme ansiedad al escuchar esas historias. Y también al ver a mi padre jugando con su máscara y su casco. Pero lo que más me aterraba era cuando se la ponía. Su rostro desaparecía. Dejaba de ser mi padre. De hecho, dejaba de ser humano. Yo solo tenía cuatro años. Cuando mis padres se divorciaron, pasé años sin verlo. Pero su imagen con aquella máscara, fundida con los relatos de hombres con las tripas colgando, hombres destruidos por la metralla... Décadas después, en 1963, al caminar un solitario día tras otro por aquella senda campestre, sin nadie con quien hablar, sin nadie con quien estar, volví a ver aquel semblante metálico, ciego, inhumano, solo que esta vez trascendente y vasto, completamente maléfico.
martes, 3 de noviembre de 2009
Bloqueo
-¡Que no pienso salir de casa! ¡Que no, déjame en paz!
-¿Pero qué te ocurre, Manuel?
-¡Déjame en paz, no pienso salir!
-¡¿Pero por qué?!
-¡Porque soy virgen!
-¿Vir...? ¿Pero qué tendrá que ver que seas virgen o que...?
-¡Que me dejes en paz, que no pienso salir a la calle porque soy virgen!
-¿Pero qué ocurre, que te da vergüenza? No se te nota nada raro, si es eso no te...
-¡No seas idiota!
-¡No te pases ni un pelo, Manuel!
-¡No pienso salir a la calle porque es un riesgo demasiado grande!
-¿Un riesgo? ¿Riesgo de qué? ¿Te preocupa que vayan disparando a la gente virgen por la calle?
-¡Pues claro que no! ¿Me tomas por idiota?
-Entonces, ¡¿Por qué?!
-Imaginate que salgo a la calle, voy a cruzar y, ¡BAM! Me atropellan.
-Eso qué...
-O que cruzo la calle, llego hasta la esquina y ¡BAM! ¡Un chungo me amenaza con una navaja, malinterpreta uno de mis gestos y me pega un cuchillazo!
-Y eso te va a pasar porque seas...
-O doblo la esquina, me encuentro de pronto enmedio de una manifestación que se vuelve violenta y, como me parezco al instigador, ¡BAM! ¡Una brutalidad policial acaba con que me matan accidentalmente!
-Eso es muy impr...
-O me salgo de la manifestación a tiempo pero me he frotado sin quererlo con una sindicalista con muchos gatos, paso por delante de un anciano que pasea a un doberman enorme y ¡BAM!, ¡Me huele y me arranca la cabeza de un mordisco!
-Pero qué...
-O el perro no huele nada, pero el viejales está infectado con una rara enfermedad tropical y me la contagia y, ¡BAM! ¡Antes de volver a casa por la noche ya estoy muerto por las callejas de la ciudad!
-¿Pero cómo quieres que te pasen esas cosas? ¡Deja de comportarte como un idiota, Manuel!
-¡Lárgate ya y déjame en paz! ¡No tengo la menor intención de morir virgen! ¡No pienso salir!
-¿Pero qué te ocurre, Manuel?
-¡Déjame en paz, no pienso salir!
-¡¿Pero por qué?!
-¡Porque soy virgen!
-¿Vir...? ¿Pero qué tendrá que ver que seas virgen o que...?
-¡Que me dejes en paz, que no pienso salir a la calle porque soy virgen!
-¿Pero qué ocurre, que te da vergüenza? No se te nota nada raro, si es eso no te...
-¡No seas idiota!
-¡No te pases ni un pelo, Manuel!
-¡No pienso salir a la calle porque es un riesgo demasiado grande!
-¿Un riesgo? ¿Riesgo de qué? ¿Te preocupa que vayan disparando a la gente virgen por la calle?
-¡Pues claro que no! ¿Me tomas por idiota?
-Entonces, ¡¿Por qué?!
-Imaginate que salgo a la calle, voy a cruzar y, ¡BAM! Me atropellan.
-Eso qué...
-O que cruzo la calle, llego hasta la esquina y ¡BAM! ¡Un chungo me amenaza con una navaja, malinterpreta uno de mis gestos y me pega un cuchillazo!
-Y eso te va a pasar porque seas...
-O doblo la esquina, me encuentro de pronto enmedio de una manifestación que se vuelve violenta y, como me parezco al instigador, ¡BAM! ¡Una brutalidad policial acaba con que me matan accidentalmente!
-Eso es muy impr...
-O me salgo de la manifestación a tiempo pero me he frotado sin quererlo con una sindicalista con muchos gatos, paso por delante de un anciano que pasea a un doberman enorme y ¡BAM!, ¡Me huele y me arranca la cabeza de un mordisco!
-Pero qué...
-O el perro no huele nada, pero el viejales está infectado con una rara enfermedad tropical y me la contagia y, ¡BAM! ¡Antes de volver a casa por la noche ya estoy muerto por las callejas de la ciudad!
-¿Pero cómo quieres que te pasen esas cosas? ¡Deja de comportarte como un idiota, Manuel!
-¡Lárgate ya y déjame en paz! ¡No tengo la menor intención de morir virgen! ¡No pienso salir!
miércoles, 28 de octubre de 2009
¡Por fin!
Mi amor extremo por la comida me impidió volverme anoréxico.
Nadie me ha dado la oportunidad de provocar un embarazo no deseado o de infectarme con Sida.
Parece ser que no me vi afectado por todo el asunto de las "vacas locas".
Mi completa falta de trato con el sector plumífero de la sociedad me salvó de la gripe aviar...
...¡Creo que ya era hora de que cogiese alguna enfermedad mediática!
Gracias, gripe A.
Nadie me ha dado la oportunidad de provocar un embarazo no deseado o de infectarme con Sida.
Parece ser que no me vi afectado por todo el asunto de las "vacas locas".
Mi completa falta de trato con el sector plumífero de la sociedad me salvó de la gripe aviar...
...¡Creo que ya era hora de que cogiese alguna enfermedad mediática!
Gracias, gripe A.
viernes, 23 de octubre de 2009
Fuente: IMDB
"Philip K. Dick first came up with the idea for his novel 'Do Androids Dream of Electric Sheep?' in 1962, when researching 'The Man in the High Castle'. Dick had been granted access to archived World War II Gestapo documents in the University of California at Berkley, and had come across diaries written by S.S. men stationed in Poland, which he found almost unreadable in their casual cruelty and lack of human empathy. One sentence in particular troubled him: "We are kept awake at night by the cries of starving children." Dick was so horrified by this sentence that he reasoned there was obviously something wrong with the man who wrote it. This led him to hypothesize that Nazism in general was a defective group mind, a mind so emotionally flawed that the word human could not be applied to them; their lack of empathy was so pronounced that Dick reasoned they couldn't be referred to as human beings, even though their outward appearance seemed to indicate that they were human. The novel sprang from this."
jueves, 22 de octubre de 2009
Esperanzas virtuales
Cada vez que el facebook me dice que además de alguna "solicitud de amistad" o de "farmville" tengo "una solicitud de otro tipo", pulso el link esperanzado. Pero nada de nada.
martes, 20 de octubre de 2009
Entrevista con el quidam.
Me froto los ojos, intentando esconder un bostezo. Es muy tarde para mí, hombre de sueño exigente, pero no había otra manera. Y esta entrevista puede ser crucial, la que me elevase de la categoría de simple plumilla de diario local a respetado periodista internacional.
Sentado en la butaca, está mi amigo. Quisiera hacerle una fotografía, pues su aspecto es interesante, con la piel relativamente pálida sobre el cuero oscuro, ojeando una de las revistas que tenía sobre la mesilla auxiliar. Pero, claro, no serviría de nada, la fotografía aparecería vacía. Mi amigo es un vampiro.
Maldigo interiormente a Anne Rice por haber hecho famosa una novela con el título "Entrevista con el vampiro". Hubiese sido un título perfecto para esta pieza, o incluso para un posible libro, pero claro... Ya no podía utilizarlo.
Si al menos el vampiro se llamase de otro modo, podría haber usado su nombre como título. Pero "Severino" no es ni exótico ni romántico, y no evoca más que casposos bigotillos franquistas o ancianos decrépitos y marchitos.
Y ese no es precisamente el aspecto de Severino. Es muy delgado, y ahora viste su sencillo traje a cuadros, propio de un profesor poco estiloso o un oficinista que viste de saldos. Lo cual es lógico, pues antes de ser vampiro, había sido profesor de primaria en un pequeño pueblo de interior.
Me siento en el sofá que hace ángulo con la butaca y sorbo algo de café, caliente y humeante.
-Mmh, huele bien. -Dice Severino, apartando la revista. -A veces me pregunto por qué no harán perfumes con el aroma del café recién hecho.
Le sonrío mientras pongo una grabadora sobre la mesilla. La verdad es que odio hacer las entrevistas con grabadora, pero en este caso el testimonio sonoro podría ser interesante para vender la historia. Desde luego, si grabar con una cámara a Severino fuese posible, lo habría preferido. Pero en fin. Lo que no haré será renunciar a tomar notas en una de mis fieles libretas.
-Te agradezco de nuevo que accedieras a hacer esta entrevista, Severino.
-¡No es nada, Carlos! Además, sabes que agradezco la compañía... durante el fin de semana, todo bien, pero entre semana todo el mundo tiene que dormir. Y como ni siquiera puedo quedar para ir a cenar con nadie, pues acabo viendo la película de turno en el plus.
-Hombre, la verdad es que si he conocido a un cinéfilo, ese eres tú.
-Bueno, pero al final uno se cansa de ver una película cada noche... Y, además, el problema del plus es que tengo que pegar cinta aislante en la esquina de la pantalla.
-¿Cómo? ¿Eso por qué?
-¡Para tapar el logo! ¿No ves que es una cruz? Y si pongo la tele un minuto antes de la película, o uno después, los anuncios con el logo de las narices me pegan unos sustos...
Un vampiro que se asusta de la televisión. Vaya forma de empezar la entrevista. Lo que de verdad me interesa es conseguir alguna culebronada a lo Crepúsculo, o un relato de refinado terror como el de Drácula... O quizás una trágica historia de origen. Sí. Por eso es por lo que le voy a preguntar ahora.
Severino sonríe de nuevo, y fija los iris rosados, casi blancos, en la ventana y en el pasado. Lo observo mientras recuerda. Tiene el cuerpo blanco y chupado, como un guante de látex que se ha hinchado y deshinchado demasiadas veces, pero el blanco absoluto de su piel lo interrumpe un completísimo mapa del sistema circulatorio humano, profundamente granate, que casi se diría que se puede ver estremecerse con el paso de la sangre densa y oscura. Después de unos instantes, vuelve a fijar la vista en mi.
-Todo esto pasó hace ya muchos años... Yo ya era un anciano profesor de primaria, allá, en el pueblo. Don Severino, estricto pero benévolo, respetado por todos, querido por muchos... tenía una buena vida, sí señor. Pero, claro, entonces pasó lo de Cris.
-¿Cris? ¿Quién fue? ¿Un romance perdido? ¿Quizás una amada, víctima de un malvado vampiro del que solo se podía vengar abrazando su pervertida naturaleza?
-¿Qué? No, no, nada de eso. Cris es el diminutivo de Cristóbal Moreno. Había sido alumno mío en el colegio, pero justo cuando empezaba el curso dejó de asistir a clase.
-¿Murió?
-No, no. Sus padres me mandaron una nota diciendo que ya no asistiría más.
Suspiro. ¿Notas de papá y mamá? Este relato tiene interés para un historiador, quizás, que se centre en los vampiros. ¿Pero eso qué valor periodístico tiene? Sin percatarse de que he dejado de tomar notas, Severino prosigue su relato.
-Y Resulta que una noche, cuando el curso ya se había acabado, la familia Moreno me invitó a cenar. Yo había conocido sobretodo al señor Moreno, pero ya hacía varios años que había muerto. Fue su sucesor, quien se había casado hacía poco con la viuda Moreno, quien me transformó en vampiro.
Rápidamente, hago una extraña línea ondulante que intenta resumir lo que me acababan de contar.
-¡¿Así pues, el vampiro había matado al señor Moreno para quedarse con su señora?!
-¡Oh, no, qué disparate! -Severino rió con su característica voz andrógina.- La señora Moreno conoció a Bartolomeo, pues así se llamaba el vampiro, una noche cuando oyó un ruido fuera de la casa. El pobre, estaba corriendo por los tejados cuando tuvo la mala suerte de fijarse en que los cruces de las calles tenían, precisamente, forma de cruz. El susto le hizo desmayarse y caer justo delante de la puerta de los Moreno.
He vuelto a dejar de tomar apuntes.
-Todo esto y algo más fue lo que me contaron esa noche... ¡Fue bastante sorprendente!
-¿Mmh?
-¡Todos en la familia se habían vuelto vampiros!
-¡Oh! ¿La invitación a "cenar" fue, por lo tanto, una excusa para alimentarse de ti?
-¡Dios mío, no! Como los vampiros no necesitan comida (más que la consabida sangre), calefacción, agua, ni prácticamente nada, los Moreno habían decidido ser todos vampiros. Pero eso significaba que el pequeño Cristóbal no podía ir al colegio. Por eso, me pidieron si podía hacerle clases particulares.
-Ah.
-Y, bueno, un tiempo después de empezar con las clases, Cris me dijo que si no me gustaría ser un vampiro. Y cómo estaba ya muy anciano, los achaques me hacían el día a día cada vez más dificil y, en realidad, estaba a punto de jubilarme, me dije ¡Qué demonios! Y así, después de consultarlo con sus padres, me transformaron en vampiro.
¡No te puedes imaginar qué sensación de purificación que siente uno al vampirizarse!
Vuelvo a estar alerta. Lo que me ha contado hasta ahora es terriblemente aburrido para mis lectores. Pero ahora ya podía ver el titular. "Ser vampiro te purifica el alma". A la gente siempre le ha gustado maravillarse ante la parte positiva del vampirismo, regocijarse ante la simple imaginación de la posibilidad de ser un vampiro aunque nunca pudiesen llegar a atreverse a dar el paso a serlo aunque hubiesen conocido a uno.
-¿Purificación? -le digo- ¿Dirías que ser vampiro te purificó el alma?
-¿El alma? No, no, no me refería a eso.
-¿No?
-No, en realidad es... es como... como una enorme purga.
-Una... purga...
"Ser vampiro es como una enorme purga" no es tan buen titular.
-Sí, sí. De pronto, todos los contenidos de tu cuerpo, todos los líquidos, los jugos gástricos, los excrementos, el sudor, la propia sangre... todo se expulsa. Hay que admitir que es todo un poco asqueroso. Pero una vez uno está vacío y bebe la primera sangre de su no-vida, uno se siente limpio, como una máquina impoluta perfectamente engrasada por la sangre ajena, procesada y purificada para ser una perfecta gasolina que te hace funcionar sin la más mínima mácula.
-Uhm. Ya veo. -tengo que cambiar de tema, a algo con más chicha- ¿Y el hecho de chupar la sangre a la gente no te carga la conciencia?
-¡Oh, nada de eso! Hay gente que cede su sangre a los vampiros a cambio de favores.
-¿Qu...?
-Son pocos, y a ellos les conviene mantener el secreto, pero a cambio de que les hagamos arreglos en casa, les hagamos traslados, nos encarguemos de las plagas o cosas similares, nos dejan mordeles un poco y tomar la sangre que necesitemos.
-Yo... Oye, Severino... Estoy muy cansado, quizás sea mejor que vuelvas a casa y lo dejemos para otra noche. Lo siento, pero esto de no dormir...
-Lo entiendo, no te preocupes, Carlos. Ya seguiremos otro día.
Se despide, amable. Se pone el abrigo, me pide permiso para llevarse la revista que había estado hojeando y le digo que sí, que se la regalo.
-Nos vemos el jueves que viene para la película semanal con Fernando, ¿Eh? -dice al despedirse.
Cierro la puerta, hastiado. Quizás, para el suplemento, en vez de esta entrevista escriba un reportaje sobre esos perritos que bailan en la Rambla...
Al menos será un tema más emocionante.
Sentado en la butaca, está mi amigo. Quisiera hacerle una fotografía, pues su aspecto es interesante, con la piel relativamente pálida sobre el cuero oscuro, ojeando una de las revistas que tenía sobre la mesilla auxiliar. Pero, claro, no serviría de nada, la fotografía aparecería vacía. Mi amigo es un vampiro.
Maldigo interiormente a Anne Rice por haber hecho famosa una novela con el título "Entrevista con el vampiro". Hubiese sido un título perfecto para esta pieza, o incluso para un posible libro, pero claro... Ya no podía utilizarlo.
Si al menos el vampiro se llamase de otro modo, podría haber usado su nombre como título. Pero "Severino" no es ni exótico ni romántico, y no evoca más que casposos bigotillos franquistas o ancianos decrépitos y marchitos.
Y ese no es precisamente el aspecto de Severino. Es muy delgado, y ahora viste su sencillo traje a cuadros, propio de un profesor poco estiloso o un oficinista que viste de saldos. Lo cual es lógico, pues antes de ser vampiro, había sido profesor de primaria en un pequeño pueblo de interior.
Me siento en el sofá que hace ángulo con la butaca y sorbo algo de café, caliente y humeante.
-Mmh, huele bien. -Dice Severino, apartando la revista. -A veces me pregunto por qué no harán perfumes con el aroma del café recién hecho.
Le sonrío mientras pongo una grabadora sobre la mesilla. La verdad es que odio hacer las entrevistas con grabadora, pero en este caso el testimonio sonoro podría ser interesante para vender la historia. Desde luego, si grabar con una cámara a Severino fuese posible, lo habría preferido. Pero en fin. Lo que no haré será renunciar a tomar notas en una de mis fieles libretas.
-Te agradezco de nuevo que accedieras a hacer esta entrevista, Severino.
-¡No es nada, Carlos! Además, sabes que agradezco la compañía... durante el fin de semana, todo bien, pero entre semana todo el mundo tiene que dormir. Y como ni siquiera puedo quedar para ir a cenar con nadie, pues acabo viendo la película de turno en el plus.
-Hombre, la verdad es que si he conocido a un cinéfilo, ese eres tú.
-Bueno, pero al final uno se cansa de ver una película cada noche... Y, además, el problema del plus es que tengo que pegar cinta aislante en la esquina de la pantalla.
-¿Cómo? ¿Eso por qué?
-¡Para tapar el logo! ¿No ves que es una cruz? Y si pongo la tele un minuto antes de la película, o uno después, los anuncios con el logo de las narices me pegan unos sustos...
Un vampiro que se asusta de la televisión. Vaya forma de empezar la entrevista. Lo que de verdad me interesa es conseguir alguna culebronada a lo Crepúsculo, o un relato de refinado terror como el de Drácula... O quizás una trágica historia de origen. Sí. Por eso es por lo que le voy a preguntar ahora.
Severino sonríe de nuevo, y fija los iris rosados, casi blancos, en la ventana y en el pasado. Lo observo mientras recuerda. Tiene el cuerpo blanco y chupado, como un guante de látex que se ha hinchado y deshinchado demasiadas veces, pero el blanco absoluto de su piel lo interrumpe un completísimo mapa del sistema circulatorio humano, profundamente granate, que casi se diría que se puede ver estremecerse con el paso de la sangre densa y oscura. Después de unos instantes, vuelve a fijar la vista en mi.
-Todo esto pasó hace ya muchos años... Yo ya era un anciano profesor de primaria, allá, en el pueblo. Don Severino, estricto pero benévolo, respetado por todos, querido por muchos... tenía una buena vida, sí señor. Pero, claro, entonces pasó lo de Cris.
-¿Cris? ¿Quién fue? ¿Un romance perdido? ¿Quizás una amada, víctima de un malvado vampiro del que solo se podía vengar abrazando su pervertida naturaleza?
-¿Qué? No, no, nada de eso. Cris es el diminutivo de Cristóbal Moreno. Había sido alumno mío en el colegio, pero justo cuando empezaba el curso dejó de asistir a clase.
-¿Murió?
-No, no. Sus padres me mandaron una nota diciendo que ya no asistiría más.
Suspiro. ¿Notas de papá y mamá? Este relato tiene interés para un historiador, quizás, que se centre en los vampiros. ¿Pero eso qué valor periodístico tiene? Sin percatarse de que he dejado de tomar notas, Severino prosigue su relato.
-Y Resulta que una noche, cuando el curso ya se había acabado, la familia Moreno me invitó a cenar. Yo había conocido sobretodo al señor Moreno, pero ya hacía varios años que había muerto. Fue su sucesor, quien se había casado hacía poco con la viuda Moreno, quien me transformó en vampiro.
Rápidamente, hago una extraña línea ondulante que intenta resumir lo que me acababan de contar.
-¡¿Así pues, el vampiro había matado al señor Moreno para quedarse con su señora?!
-¡Oh, no, qué disparate! -Severino rió con su característica voz andrógina.- La señora Moreno conoció a Bartolomeo, pues así se llamaba el vampiro, una noche cuando oyó un ruido fuera de la casa. El pobre, estaba corriendo por los tejados cuando tuvo la mala suerte de fijarse en que los cruces de las calles tenían, precisamente, forma de cruz. El susto le hizo desmayarse y caer justo delante de la puerta de los Moreno.
He vuelto a dejar de tomar apuntes.
-Todo esto y algo más fue lo que me contaron esa noche... ¡Fue bastante sorprendente!
-¿Mmh?
-¡Todos en la familia se habían vuelto vampiros!
-¡Oh! ¿La invitación a "cenar" fue, por lo tanto, una excusa para alimentarse de ti?
-¡Dios mío, no! Como los vampiros no necesitan comida (más que la consabida sangre), calefacción, agua, ni prácticamente nada, los Moreno habían decidido ser todos vampiros. Pero eso significaba que el pequeño Cristóbal no podía ir al colegio. Por eso, me pidieron si podía hacerle clases particulares.
-Ah.
-Y, bueno, un tiempo después de empezar con las clases, Cris me dijo que si no me gustaría ser un vampiro. Y cómo estaba ya muy anciano, los achaques me hacían el día a día cada vez más dificil y, en realidad, estaba a punto de jubilarme, me dije ¡Qué demonios! Y así, después de consultarlo con sus padres, me transformaron en vampiro.
¡No te puedes imaginar qué sensación de purificación que siente uno al vampirizarse!
Vuelvo a estar alerta. Lo que me ha contado hasta ahora es terriblemente aburrido para mis lectores. Pero ahora ya podía ver el titular. "Ser vampiro te purifica el alma". A la gente siempre le ha gustado maravillarse ante la parte positiva del vampirismo, regocijarse ante la simple imaginación de la posibilidad de ser un vampiro aunque nunca pudiesen llegar a atreverse a dar el paso a serlo aunque hubiesen conocido a uno.
-¿Purificación? -le digo- ¿Dirías que ser vampiro te purificó el alma?
-¿El alma? No, no, no me refería a eso.
-¿No?
-No, en realidad es... es como... como una enorme purga.
-Una... purga...
"Ser vampiro es como una enorme purga" no es tan buen titular.
-Sí, sí. De pronto, todos los contenidos de tu cuerpo, todos los líquidos, los jugos gástricos, los excrementos, el sudor, la propia sangre... todo se expulsa. Hay que admitir que es todo un poco asqueroso. Pero una vez uno está vacío y bebe la primera sangre de su no-vida, uno se siente limpio, como una máquina impoluta perfectamente engrasada por la sangre ajena, procesada y purificada para ser una perfecta gasolina que te hace funcionar sin la más mínima mácula.
-Uhm. Ya veo. -tengo que cambiar de tema, a algo con más chicha- ¿Y el hecho de chupar la sangre a la gente no te carga la conciencia?
-¡Oh, nada de eso! Hay gente que cede su sangre a los vampiros a cambio de favores.
-¿Qu...?
-Son pocos, y a ellos les conviene mantener el secreto, pero a cambio de que les hagamos arreglos en casa, les hagamos traslados, nos encarguemos de las plagas o cosas similares, nos dejan mordeles un poco y tomar la sangre que necesitemos.
-Yo... Oye, Severino... Estoy muy cansado, quizás sea mejor que vuelvas a casa y lo dejemos para otra noche. Lo siento, pero esto de no dormir...
-Lo entiendo, no te preocupes, Carlos. Ya seguiremos otro día.
Se despide, amable. Se pone el abrigo, me pide permiso para llevarse la revista que había estado hojeando y le digo que sí, que se la regalo.
-Nos vemos el jueves que viene para la película semanal con Fernando, ¿Eh? -dice al despedirse.
Cierro la puerta, hastiado. Quizás, para el suplemento, en vez de esta entrevista escriba un reportaje sobre esos perritos que bailan en la Rambla...
Al menos será un tema más emocionante.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)