jueves, 24 de diciembre de 2009

Vómito Mental sobre el Tió

El Tió... Llevo un mes royendo, a escondidas, antes de irme a la cama, manzanas, mandarinas, peras y kiwis por culpa del Tió, que me devuelve la mirada como si nada con ojos planos y desencajados, ligeramente borrosos, con sonrisa estúpida, con esa miniatura de barretina de tela áspera y barata clavada en la cabeza.
Se trata del Tió de mi hermana pequeña. Un minúsculo leño cilíndrico, no distinto de lo que ardería en una gran hoguera, pero que se salva porque cuenta con un sombrero tradicional, una cara basta, una nariz de corcho de botella y un par de patitas extraviadas, sustituídas también por tapones de corcho. En resumen, que es un tronco ligeramente antropomórfico. El primo feo de Pinocho.
Ese ser que dormita junto al enorme televisor de plasma me hizo descubrir cómo funciona normalmente el asunto tió en las casas catalanas.
Para empezar, he descubierto que hay hogares a los que llega de pronto, se planta ante la puerta y llama al timbre. En mi casa, en cambio, un padre de espalda achacosa o un sacrificado hermano mayor se encargan de localizarlo entre los múltiples altillos, limpiarlo de la ligera capa de hongos que le crece por encima y adecentarlo reparando narices o patichuelas estropeadas.
Además, descubrimiento curioso, he sabido que se le rinde una especie de culto en el que se alimenta al tronco, lógico si se tiene en cuenta que el objetivo final es que "cague".
Pero, ¿Qué come? y, lo más importante, ¿Qué caga?
La tradición suele indicar que produzca alimentos, del estilo de turrones y golosinas, pero no son pocas las veces que un niño hace rodar por las paredes un coche de origen Tionenco. Algunos padres, además, deciden que, qué diablos, este año le querían comprar a Susi unos esquís i que por qué no los caga el Tió.
¡ANORMALES! ¡La lógica de carácter mágico en la que se sustenta el Tió ya es lo suficientemente endeble como para que, encima, vayamos forzando las propias reglas internas del asunto!

Pero a mi me pasa una cosa, con todo esto del Tió. Estos pequeños tronquicillos con cara y barretina que se cubren con una mantita y se golpean con el palo de serie para que caguen Kinder SchocoBons me parecen ridículos. Antropológicamente fascinantes, sí. Una metáfora de la ganadería muy reveladora, vale. Pero ridículos.
Les falta el aura que había tenido la celebración cuando yo era pequeño:

En casa de mi abuela, había un Tió. Uno al que no se alimentaba. Uno que no aparecía con su cara de bobo a la puerta de casa o descendía de un altillo con el corcho de la nariz estropeado.
El Tió de mi infancia era un enorme tronco irregular, hueco, antiguo. Un elemento mágico sin caritas sonrientes, sin patitas, sin chorraditas.
Y no se le cubría con la mantita que rescatabas de un armario porque no estaba en ninguna cama en ese momento. El Tió se cubría con una recia tela de lana, de aspecto primitivo, campestre, salvaje.
Y lo golpeaba con viejos palos de escoba, más altos que yo, cantando largas invocaciones de lenguaje arcaico, y por tanto misterioso para un niño pequeño, hasta que partía el palo por la mitad.
No era un simpatico mickey mouse catalanista de madera. No era un bichito extraño que "cagaba" después de darle comiditas. "Cagar" era una palabra técnica, alejada del defecar normal y corriente. Mi tió era místico, primigenio, tenía un aura especial.
Era el primo de pueblo del cuerno de la abundancia.

Y ese es el tió que tendrán mis hijos.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Anatómica

Pocas veces sus padres se marchaban de viaje, al menos los dos juntos, pero no era la primera vez. Del mismo modo que en alguna ocasión sí que se había ido su hermana pequeña a dormir a casa de una amiga, o de los abuelos. Y, en todo caso, la asistenta estaba en casa, las 24 horas, residuo anacrónico de cuando la hermanita era todavía un bebé. Que uno de sus días libres coincidiese con los viajes en tándem paternales parecía muy improbable... Y que además su hermana faltase ese mismo día lo convertía ya en aparentemente imposible. Y aún así, había ocurrido en un par de ocasiones antes de esta.
En esos casos, Guillermo había invitado a sus amigotes a ver una película y estar charlando hasta las tantas, engullendo pizza y coca-cola... lo cual no era un plan tan distinto del que solía tener la mayoría de los viernes.
Pero esta vez se daban no solo las condiciones propicias de soledad, sino que las leyes de la probabilidad o se habían tomado unas vacaciones, o estaban encerradas en un ascensor o se habían vuelto completamente locas. Alguna extraña configuración de los astros había querido que, poco tiempo antes, Guillermo hubiese empezado su primera relación. Lo cual era ya una proeza de confabulación cósmica, pues este hecho en sí también era muy improbable. Que se lo dijesen a él, que con casi 20 años cumplidos había sufrido esta incapacidad del universo para permitirle una relación de pareja, o incluso una simple aproximación al género opuesto...
Pero la realidad no se queda nunca a medias. Dispuesta a rizar el rizo, había hecho que conociese a Ana, una chica atractiva y tímida que tampoco había tenido novio antes. Y ambos estaban a las puertas de cumplir los veinte.
En millones de millones de universos el curso natural de los acontecimientos habría hecho que nada de esto fuese posible... Pero en este, en uno de los pocos en los que se cumplía efectivamente lo que las leyes de la probabilidad casi casi descartaban, Ana estaba en casa de Guillermo, una noche en que los padres de éste participaban en un congreso en Melilla, su hermana pequeña había ido a casa de los abuelos a dormir porque le había apetecido y la ancianita canosa que la había acogido esa noche era incapaz de decirle que no y, además, se estaba desabrochando la brusa por primera vez delante de un chico.

Se habían besado, claro. Ya hacía tiempo que se besaban, y Guillermo sabía que, pese a la timidez de ella, él no era el primero. Pero nunca habían llegado más allá, ni con pareja ni sin ella, y por eso ahora Ana se sonrojaba mientras terminaba con los botones.
Ninguno de los dos había esperado esto, al menos esta noche. Una película, unos besos, unos abrazos, un sueño agradable abrazado al calor y al aroma del otro... Pero los besos y las caricias se habían fundido con otros deseos, más intensos, que habían exacerbado la pasión de esos besos y habían transformado los abrazos reparadores y apacibles en inquietos intentos de fusión corporal a través de la epidermis impenetrable.

Y ahora estaban uno frente al otro, envueltos en el calor del ambiente, frente al televisor que clamaba futilmente sus consignas de ficción y entretenimiento, sintiendo la textura aterciopelada del sofá con la carne desnuda y temblorosa. No se tocaban. Tras el bullir epiléptico que los había llevado a dejarse guiar por la excitación, se habían apartado uno del otro, llevados de la mano por un extraño pudor y timidez, y se habían desnudado metódicamente, con una ténue sonrisa.

Lo que pensó entonces Guillermo fue que la sensación de estar sentado en el sofá de siempre, donde había reposado cientos, miles, de veces, era muy diferente si se hacía con las nalgas desnudas. A continuación, se dio una bofetada mental. Pensar en esto cuando una chica preciosa, a la que quiere inmensamente, a la que desea desde hace tiempo, se encuentra frente a él deshaciendose con cuidado de las delicadas medias...
La piel de Ana se veía suave y agradable, en la penumbra surcada por la cambiante luz del televisor. Conocía bien esa cara de facciones amables, los ojos enormes y brillantes, la nariz fina rodeada de mínimas, casi invisibles, pecas pardas, los labios simpáticos e irresistibles. La cascada de cabellos espléndidos que, con su ligerísima ondulación enmarcaban en su oscuridad el cuello esbelto y guiaban la vista hacia los senos, estos ya desconocidos. Pequeños y firmes, invitantes, se movían perceptiblemente con la respiración, algo acelerados, de Ana. Eran muy distintos de los acartonados artificios quirúrgicos o rebosantes excesos biológicos con los que la pornografía articulaba gran parte de su discurso. No eran esos monstruosos artefactos sexuales dispuestos a abalanzarse sobre la presa incauta, sino unos seres pequeñitos y adorables, no muy distintos de la propia Ana. A Guillermo le era dificil no recrearse en su visión, en la que las manos sentían impulsos irrefrenables de participar, pero los ojos siguieron su camino, imperturbable.
La graciosa curva de la cintura, envidiable, mediterránea, se encargaba además de dar toda su belleza a las caderas que desembocaban en muslos que era dificil no querer acariciar.
Pero la visión de lo que alguna vez había oído nombrar como bajo vientre le chocó. Esa configuración... esa... esa ausencia.
Acostumbrado al cuerpo masculino, el vacío grotesco le provocó una extraña sensación. Ciertamente, no se percibía nada de esto en el porno, quizás porque el género indicaba que llenasen el vacío lo antes posible y cuanto más mejor. Pero la contemplación de ese pubis vacío, excitante y a la vez antinatural, lo llenaba de una extraña desazón.
De algún modo, en esa figura claramente humana que tenía delante se desdibujaba la percepción natural del interior del cuerpo, esa que no se basa en la biología sino en la intuición. Las cabezas humanas, por ejemplo, están vacías. La boca es un vacío, por el que se entra y se sale. La nariz, igual. A nadie le parece estrafalário que un pequeño personaje de dibujos animados pueda transitar de un oído a otro en un personaje mayor, pues ambas orejas "comunican".
Pero, bajando, el cuerpo de un hombre pasa a ser un amasijo de intestinos y de órganos. Una bolsa llena de carne con algunas pequeñas vías de salida. Un todo macizo, relleno, en el que una intrusión implica un daño, un apuñalamiento, cirugía.
Pero ahora, de pronto, veía un cuerpo femenino. Y su cuerpo, lejos de ser un todo macizo, un saco de entrañas, un monolito, era un raro vacío. La parte baja del cuerpo era una extraña concavidad interna, una configuración física antinatural que, como el troll que deambula con la cabeza debajo del brazo, causa una sensación extraña de grotesco extrañamiento.
Pero, a diferencia de con el monstruo, esta rareza morfológica producía también un imposible magnetismo, que vencía a cualquier otra sensación.

Puso una media a un lado de la butaca cercana al sofá, donde había dejado el resto de la ropa, y se empezó a quitar la otra. Fijó los ojos en los de él, en esos pequeños ojos verdes que habitaban la cara agradable que le devolvía la mirada. El pelo liso y pajizo que la coronaba, los hombros relativamente anchos, el escaso y casi albino pelo que poblaba su tórax pálido... Ya los conocía, pues ya había estado con él en la playa. De hecho, había sido allí dónde se habían conocido. Blanco como la leche, con el pelo y los ojos claros y el bañador de color tostado le había parecido un personaje salido de una vieja fotografía color sepia. Aunque entonces, como hoy, tenía los labios y los pezones de un todo rosado que siempre le había parecido que prometían un suave sabor a fresa.
Se fijó en que Guillermo la estaba mirando, y le resultó muy agradable, aunque a la vez excitó su timidez. Y, combatiéndola, se dio cuenta de que a ella le daba mucha vergüenza mirarle por debajo de la cintura. Eso ya no lo había visto en la playa, ni tampoco después, pues él no le iba muy a la zaga en cuanto a timidez. Pero miró y, sin saber que eso era lo mismo que le ocurría a él casi al mismo tiempo, una sensación inquietante se adueñó de ella. Qué forma tan extraña que adquiría el cuerpo masculino. De algún modo, el pene se le antojaba como un extraño miembro vestigial. Por debajo del cuello, el cuerpo humano se desparramaba en varios apéndices de estilos distintos. Los brazos, que de un modo casi fractal imitaban esa diversificación haciendo una miniatura de la misma en sus extremos, con los dedos. Las piernas, terminadas en una protuberancia extraña que, a su vez, terminaba en cinco extraños bultos. Y eso tenía que ser todo. Pero no. En el cuerpo masculino, en el cuerpo que tenía delante, habitaba un intento abortado de crear otro miembro. Una absurda trompa, con otros cúmulos carnosos y grotescos en la base, que se erguía temblorosa como un miserable animalillo, ciego y vulnerable. Un cuello antinatural, dónde no debía haber ninguno, que se movía como el pollo decapitado que aún sigue correteando por el corral. Un gemelo parasitario y subdesarrollado que, por unos instantes, le hizo pensar en cual de los dos llevaría la voz cantante.
Recordó unos dibujos animados que veía de pequeña, cuando su hermano mayor se hacía con el control del mando. En ella, pequeños seres homínidos controlaban a titánicos dinosaurios para llevar a cabo una lucha sin cuartel.
¿Era ese miembro que tanteaba el aire como un tembloroso anciano tubular un pequeño Jockey que dominaba al, a su lado, titánico y desprovisto de iniciativa dinosaurio que era Guillermo?

Pero pronto se deshicieron de estos extraños pensamientos, entregándose de nuevo a la contemplación sin extrañamiento del cuerpo del otro. Y, en esta dimensión del multiverso en la que los padres no estaban, la hermana tampoco, ni la asistenta, en esta realidad de entre millares en la que sí que se habían conocido, en la que ambos eran inexpertos en el mundo de las relaciones románticas, en la que esa noche estaban en el sofá de casa de él y en el que ambos tuvieron extraños pesamientos filosóficos al contemplarse mutuamente, en esta faceta de la existencia única entre el océano de océanos en las que las realidades se pierden y arremolinan como gotas de agua... En esta realidad en el que la probabilidad hacía la vista gorda, Guillermo y Ana se abrazaron, con la mirada y con el gesto, con los brazos y las piernas, con los labios y el aliento.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Otro fragmento abandonado

Otro fragmento, que, como mi blog, combina elementos autobiográficos con elementos puramente fictícios. Aunque no deja de tener gracia lo clarividente que fui con el personaje que está evidentemente basado en Santiago, teniendo en cuenta que hará unos tres años que escribí este texto.


"Se miró en el espejo del ascensor para ponerse bien la camisa. Instantes antes de que las puertas se hiciesen a un lado, cogió con un tintineo la bolsa de plástico. Su viejo hogar. El piso al que había llegado había sido testigo de su infancia, de su adolescencia, de sus problemas con los estudios, de sus cambios de personalidad y de estilo al madurar... El niño que había entrado por esa puerta por primera vez era grandote y rechoncho, con una melena rizadísima y dorada y una total inadaptación al mundo por su superdotación. El que ahora pisaba el felpudo ya superaba la treintena, no había conseguido librarse del todo del peso superfluo pero, en cambio, sí de la melena y estaba mucho mejor adaptado a la sociedad que su yo infantil. Llamó al timbre.

Con un ligero chirriar, la gruesa puerta se apartó para revelar la figura menuda de su madre. Pero antes incluso de poderla ver, lo que asaltó a Jonás fue el olor de la casa. ¿Por qué razón cada casa tenía un aroma tan concreto, tan distinto, del que todo el mundo era consciente excepto quien vivía en ella? A veces estos olores tenían elementos fácilmente reconocibles. Una colonia, un suavizante, una mascota, unas plantas, humedad... Pero incluso cuando era así, este elemento reconocible se encontraba entremezclado con cientos de olores irreconocibles, probablemente la suma de los olores de los muebles, de las paredes, del polvo, del sudor de los habitantes, de la comida guardada en los armarios y las arañas que viven escondidas en los huecos de detrás de la pared. El olor de los años, de la vida, sumados capa a capa para formar un todo difícilmente descriptible.

-Hola, mamá. –Dijo Jonás agachándose un poco para besarla- He traído champán.

-Hola hijito.-Ella hizo ademán de coger la bolsa- Dame, dame, que lo llevo a la cocina.

-No, espera, ya lo llevo yo, que en la bolsa también traigo el regalo de papá.

Se dirigieron a la cocina, donde el tic tac de un reloj de pared les dio la bienvenida al pequeño universo de comidas chisporroteantes y olorosas que se preparaban bajo la mirada experta de mamá y la mirada menos experta de la asistenta.

-Hola, Gladis. –Dijo Jonás metiendo el champán en la nevera- ¿Como lo lleva?

-Bien, señor Jonás –respondió, recatada, mientras se le quemaba un sofrito.

Habían tenido siempre muchos problemas para tener mujeres de la limpieza, asistentas o canguros varias. Las habían necesitado, especialmente cuando Jonás era pequeño, porque su madre era una eminente neurocirujana y su padre andaba de país en país por motivos de negocios. Pero todas se iban al poco tiempo de empezar a trabajar en casa. Por suerte, Gladis, una mujer chata, tosca y primitiva pero bondadosa y voluntariosa, se había quedado y llevaba ya en casa muchos años, encargándose de que la ropa estuviese planchada y el polvo no se acumulase por los rincones.

-¿Daniel ha llegado ya, mamá?

-Sí, con tu padre y con Sofía, en el salón.

-Voy a saludarlos. ¿Necesitarás ayuda?

-Vete tranquilo, ya te llamaré si quiero que hagas algo.

Pasó hacia el amplio comedor, donde en la mesa ya estaba un lujoso mantel de hilo, los platos buenos, las copas de cristal... Más allá, donde estaban los sofás, las butacas y el televisor, su hermano menor, Daniel, esperaba sentado junto a su eterna novia, Sofía. Él se levantó, con su camisa impolutamente planchada, los pantalones impecables y los zapatos relucientes, con los brazos extendidos.

-¡Jonás! Ves, era él quien llamaba, papá.

Se abrazaron. Sofía se levantó también, pese a que Jonás le pidió que no lo hiciera. Le dio dos besos, cariñosos y se volvió hacia su padre. Ahí estaba, sentado en el amplio sillón orejero. Papá. Si en cada hogar había en su aroma algún elemento que se reconocía fácilmente, en este era sin duda el olor de papá. Un olor fuerte, un extraño olor a sudor y madera quemada que emanaba por cada uno de los poros de su cuerpo.

-Hola, papá.-Jonás se aproximó a su padre y abrazó su inmenso cuerpo, cubierto de tentáculos serpenteantes y supurantes agallas. Mientras hundía los brazos entre los pliegues de piel gruesa y grasa amarillenta, papá emitió uno de sus profundos gorjeos de buey subacuático.

-He traído champán. –añadió Jonás mientras se sentaba en el otro sofá.

-¡Fenomenal! –Exclamó su hermano- Seguro que mamá se habrá puesto muy contenta.

-Sí, le gusta mucho. –Cruzó las piernas y sonrió al mirar a su hermano. De pequeños los habían comparado muchas veces con los hermanos Crane, de la serie Fraser. No se equivocaban. Su hermano, delgado y de aspecto impoluto y algo frágil, disfrutaba con el lujo como el sibarita que era. Jonás también lo hacía, pero en un grado mucho menor, y compartía con el protagonista de la serie un físico rotundo y restos de pelo rizado aferrados a un cráneo pelado. Incluso su padre disfrutaba de sentarse en su butaca favorita siempre que podía, como el padre del duo ficticio. Eso sí, los hermanos Krane eran psiquiatras y, en cambio, su hermano era un abogado de prestigio y Jonás un escritor de éxito muy moderado. Mientras pensaba todo esto, y Daniel llenaba la sala con su verborrea, sonó el timbre. Oh, sí, otra diferencia era que los hermanos Krane no tenían una hermana pequeña.

-¡Nadia! –Daniel se había levantado para recibirla con los brazos igual de extendidos que con Jonás.- ¿Como te va?

Mientras los demás la saludaban, mamá apareció por la puerta con su fuerza arrolladora ordenando que, ahora que todo el mundo había llegado, se sentasen a la mesa.

-Tu allí, Jonás. –Señalaba la madre- Y tú y Sofía podeis sentaros a ese lado, pero esperad, que pase papá.

La mole se deslizó pesadamente hasta el suelo y se arrastró en dirección hacia la mesa. Su avanzar no era como el de una babosa o una serpiente, sino más bien como la espuma de las olas, un remolino de piel grasienta cubierta de pequeñas cerdas y bultos, una procesión de tentáculos, picos y dientes que se engullen a sí mismos en un extraño rodar por la peluda alfombra. En otras épocas, a papá no le hubiese costado tanto subirse a la amplia silla que lo esperaba ante los finos platos de porcelana, pero, con la edad, su reptar y trepar se había vuelto menos ágil. Aunque que a nadie se le ocurriese ayudarle, porque se ponía hecho una furia entre gruñidos y graznidos capaces de hacer estallar una de las preciadas copas que aguardaban el champán. Cuando su masa bamboleante se hubo instalado, los demás prosiguieron.

Al lado de papá se sentaban Daniel y Nadia. Sofía y Jonás, en cambio, estaban a los lados de mamá, que tenía a Papá justo enfrente. Gladis apareció arrastrando un carrito con las fuentes y los platos en que se serviría el primero, un arroz negro que mamá había aprendido a hacer de la abuela.

-Bueno, pasadle este plato a papá. Un buen plato para ti, Jonás, ya lo sé. ¡No me vengas con que estás de régimen! –Con destreza envidiable, la anciana madre repartía el arroz e impartía ordenes con la seguridad de quien está acostumbrado a mandar y ser obedecido sin rechistar.-Y tú, Sofía, ¿Cuanto querrás? Poco, para variar... toma, toma. ¿Nadia?

Jonás miró a su hermana pequeña. Había nacido más de diez años después que él, y fue una verdadera sorpresa. Era la más distinta de los hermanos, sólo hacía falta observar como se vestía. Lejos del estilo pijo y repeinado de Jonás y, especialmente, de Daniel, Nadia se envolvía con ropa barata y colorista, al borde del horterismo pero sin cruzar esta linea del mal gusto, dándole un aspecto desenfadado y juvenil. Las diferencias eran aún mayores cuando se observaba su trayectoria vital. Tan superdotada como sus hermanos, o incluso más, nunca estuvo inadaptada ni dependió tanto de la protección del hogar. A los veintidós años, justo al acabar la carrera de periodismo, se emancipó para irse a vivir con su novio. Un joven estudiante de medicina que le caía muy bien a mamá, que siempre había deseado tener un hijo médico.

-¿Dónde está Miguel? –Preguntó Daniel, refiriéndose al novio.

- Hoy le tocaba ir a cuidar a su abuelo, ya sabeis que está enfermo. –explicó ella mientras se llenaba la boca de arroz teñido de sepia- Pero os manda muchos recuerdos y felicidades a papá por su cumpleaños.

-¿Lo has oido, cariño? –mamá se peleaba con un crustáceo de los que complementaban el arroz. Papá siguió llevándose puñados de arroz de forma febril a los pliegues del cuerpo abultado- ¡Me encanta este chico!

La verdad es que Nadia había encontrado a un buen novio. Era el de toda la vida, y estaban juntos desde la época del instituto en una relación estable y saludable, en que no parecía haber más problemas de los que provoca una convivencia cordial. Ciertamente, la relación se beneficiaba de que la actitud de mamá era muy distinta que cuando Daniel o Jonás pasaron por la misma situación... No había dejado de considerar malo el sexo prematrimonial, por ejemplo, pero tampoco imponía su criterio con la agresividad con la que lo había hecho con sus otros dos hijos. Y cuando Daniel tenía veintidós años, su madre seguía considerando el vivir en pareja sin casarse una tontería... cuando Nadia lo hizo, pese a que no le encantó la idea, ya la toleraba y, hasta cierto punto, comprendía.

Jonás observaba a su hermana y la veía alegre y distendida, algo que no se podía decir de Daniel o de él mismo. Al fondo, papá absorbía los granos de arroz entre los michelines. El papá que Nadia había conocido también era muy distinto del que vivieron los dos hermanos mayores. Cuando Jonás era pequeño, su padre todavía se estaba introduciendo en el mundo de la farmacología y la medicina, por lo que pasaba las tardes con él, viendo la televisión o jugando con el balón. Jonás incluso recordaba a su padre cuando todavía tenía algunos ojos.

Unos años después, la situación ya era diferente. Jonás desvió la mirada hacia su hermano pequeño. Con su pelo peinado al milímetro, su camisa italiana con las iniciales bordadas, los gemelos de diseño exclusivo, y la sonrisa siempre lista, la sintiese o no. Daniel conoció a un padre ausente, que se pasaba el día yendo de laboratorio en laboratorio, de una parte del mundo a otra, para que experimentasen con él.

Jonás sospechaba que, cuando su madre había empezado a ganar prestigio, también había empezado a ganar más dinero que él. Así que dejó de desear las tardes libres, llenándolas de experimentos. Ciertamente, los frutos fueron importantes, gracias a él se desarrollaron curas a graves enfermedades autoinmunes, sueros que mejoraban la cicatrización, nuevas formas de conseguir insulina eficaz para combatir la diabetes... Pero para Daniel, su padre no fue más que alguien que aparecía de vez en cuando por casa para gruñir y gritar arañando las paredes con sus espolones y destrozando jarrones y cuadros con sus tentáculos y pseudopodios. Porque en esa época, papá estaba irritable y violento, probablemente al gran número de experimentos a los que se sometía. Unida a la personalidad autoritaria y controladora de su madre, mucho más que en los años de infancia de Jonás, en los que estaba mucho más relajada, esta situación explicaba muy bien el hombre en que Daniel se había convertido. Un ser perfeccionista, siempre aterrado de no ser perfecto y de no estar a la altura. ¿Y si su eterna novia, Sofía, lo era eternamente, no sería porque él estaba aterrorizado del matrimonio, viendo la situación de tensión e infelicidad del matrimonio de sus padres durante su infancia?

-¡Jonás, estás muy callado!- le dijo, de pronto, Sofía.

Era una mujer alta y frágil, de tez muy pálida moteada por innumerables pecas pardas y rojizas, de un tono parecido al de su pelo. Jonás y ella siempre se habían entendido bien, pues pese a que en el físico eran totalmente opuestos, tenían personalidades parecidas. Una forma similar de ver el mundo, unos gustos bastante coincidentes... Y los dos eran artistas.

-Sí, es verdad. Yo estaba...

-¡Bah, déjalo en paz! –interrumpió mamá.- a lo mejor estaba pensando en esa chica, ¿Como se llamaba? ¿Juana? O, no sé, pensando el argumento de una novela... Venga, pasadme los platos que os sirvo la carne.

Si al final mamá había aceptado que Jonás fuese artista, era porque se trataba de su hijo. No había pasado lo mismo con Sofía, con quien no congeniaba. Era, probablemente, de las pocas cosas que su madre no aceptaba a las que Daniel no había renunciado.

En realidad, los artistas de la mesa eran tres. Jonás era escritor, Sofía se dedicaba a la escultura y a Nadia, en cambio, le gustaba la pintura. La compaginaba con su profesión de periodista y había conseguido más renombre que Sofía y Jonás juntos.

-No, Juana es... no es más que una amiga...

-¡No te enteras, mamá! –Nadia reía mientras se ajustaba de nuevo el pelo que se le había soltado con un clip de Hello Kitty- ¡La chica que tu dices era Cristina!

-¡Ah, es verdad! –Daniel le guiñó el ojo a Jonás- ¿Como van las cosas con Cristina?

-Bueno, bien, supongo. –Jonás desviaba la mirada hacia la carne, cortándola como si le conllevase un gran esfuerzo- La verdad es que hace unas semanas que no sé de ella.

-Oh.

-Bueno, bueno, -la voz de mamá se abalanzó para que no se produjese un incómodo silencio- dejadlo tranquilo y pasadme los platos los que queráis patatas o alcachofa frita.

Era curioso. Aunque "

martes, 1 de diciembre de 2009

Pitonisa??

Hacía mucho tiempo que no veía a sus dos amigas. Una, la del pelo liso, se había sentado a su lado y la otra, la del pelo rojo, delante de él. Les trajeron la comida, asiática, para compartir. Pero la que se atrevió a empezar no era ni la amiga de enfrente ni la de al lado. Era una amiga de ellas, y tenía el pelo rizado.
Él la conocía, más de fama que de otra cosa: una vez que lloriqueaba que "¡A qué clase de mujer podría atraerle!", la habían puesto como ejemplo de una chica a la que sabían que podía gustarle alguien como él.
En todo caso, eran todo hipótesis, y ni él estaba especialmente interesado en materializarlas ni ella en abandonar su próspera relación en curso, pero se cayeron bien.
Ya durante la cena, él se fijó en lo curioso del personaje. Muy menuda, los ojos eran pequeños y prietos, hogar de una astucia y desparpajo propios del zorro que juega sabiendo que va a ganar.
Cuando se levantaron de la mesa, los platos vacíos de pitanzas orientales, se fijó en sus movimientos, a la vez hombrunos, por su contundencia, y femeninos, por su precisión. Había un "algo" muy particular en la decisión y el aplomo de su caminar, la absoluta certeza que destilaba su andar.
No le extrañó que, una vez en el bar donde iban a tomar unas copas, la chica del pelo rizado sacase una baraja de cartas y se ofreciese a adivinarles el futuro amoroso. Había algo en esa aura de superioridad y decisión, y especialmente en la incongruencia entre ésta y el físico menudo, que podría servir para decidir que quizás sí que había algo de bruja en ella.
Al fin y al cabo, las brujas se mueven de tres en tres, ¿No es cierto? Quizás había estado toda la noche en un pequeño aquelarre urbano y no se había dado cuenta.
Se divirtió pensando cual podía ser cual. ¿La madre? ¿La doncella? ¿La vieja urraca? Su amor por el folklore lo entretuvo un rato, y aunque él nunca había creído en estas cosas, le siguió el juego.
Se trataba de pensar en una mujer en la que uno tuviese interés. Las cartas dictaminarían entonces el futuro de la relación. Un rey: amistad. Dos reyes: Sexo. Tres: Relación estable. Cuatro: Un amor eterno.
Sin calcularlas, la mente algo alcoholizada ya de él pensó en que las probabilidades de que saliesen ciertos reyes eran más o menos congruentes con las posibilidades de conseguir una cosa u otra de una mujer. Era un puro juego matemático que, por lógica, se acababa correspondiendo muchas veces con los acontecimientos reales. La magia, si era lo suficientemente primitiva, era indistinguible de la ciencia.
Las cartas se revolcaban por la mesa, los ojos astutos las vigilaban con severidad. Las tres mujeres, todas menudas, todas vestidas de negro, sí podrían haber sido hechiceras.
¿Pero no se bailaba, en los aquelarres? Sí se bebía, sí se hacía en la oscuridad, pero no en un bar del Raval, perfectamente vestidas y chupeteando un mojito.
El resultado fue de dos cartas. ¿La chica en que él había pensado, alguien a quien en realidad conocía casi casi solo de vista, y a quién había recurrido mentalmente más por pereza mental que por otra cosa, acabaría con él en la cama?
Las cartas para adivinar el futuro eran, claramente, una chorrada. Por muy tríada de brujas que pudiesen ser, por mucho que se vistieran de negro, y aunque al final incluso consiguiese asignarle un papel a cada una, él no creía en esas cosas.

Pero durante los días siguientes, cada vez que recordaba el resultado de las cartas, no podía evitar sonreír. Quizás... quizás no se lo acababa de creer precisamente porque no había sabido decir qué bruja era cada una de sus amigas. Quizás, si conseguía descubrirlo, la realidad se haría aparente y vería con claridad que la predicción era una verdad que esperaba solamente el tiempo adecuado para cumplirse...

Pronto echaba estas elucubraciones estúpidas de su mente y se dedicaba a otra cosa... pero, al cabo de un tiempo, inesperada, la sonrisa volvía y el ánimo se le alegraba, por muy escéptico que pudiera ser.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Pitonisa?

Viendo el partido, mi hermana pequeña (7 años)...

"Alguno de nosotros va a ir al cementerio dentro de poco!"

Nosotros.

"¡Hombre, no, espero que no!"

Ella.

"Sí, alguien va a ir dentro de poco al cementerio. Alguien caaalvooo..."

Yo.

"¿¡Estás diciendo que voy a morirme dentro de poco!? ¡¿Eso es lo que significa que alguien de nosotros que es calvo va a ir al cementerio?!"

Ella.

"¡No, (ríe un poco) era broma!"

Yo.

Suspiro. "Ah, ya me..."

Ella.

"Era una broma, tu no estás tan calvo."

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Fragmento: cap atomo

El fragmento de una vieja novela que abandoné... aunque aún pienso en ella de vez en cuando. Como es un control c directo del word, puede que algunos enters fallen:


-¿Has visto que bien, hijito?

La mujer, mayor y arrugada, leía el diario sentada al lado de la cama de su primogénito. Leyó unas frases más, interesada, antes de proseguir.

-Ese jovenzuelo, El Capitán Átomo, ha atrapado a otro malvado supervillano. “El Ponzoñoso Señor de la Guerra”, que vivía en África.

Volvió a sumirse en el silencio de la pequeña habitación de hospital, solo interrumpido por las múltiples maquinas que se encargaban de mantener vivo a su hijo. Leyó interesada la superficial explicación que ofrecía el periódico. Así era cómo el mayor superhéroe de la nación había conseguido capturar a otro terrorista que amenazaba con la destrucción del mundo. Se fijó en la foto, en la que un hombre rubio, de anchos hombros e imponente estatura ofrecía a la policía un hombre negro de alborotada melena que se debatía, atado. Pero, de pronto, una pequeña ventana saltó en el centro de la página. “12:30”. El horario de visitas estaba a punto de acabarse, y la alarma del diario empezó a sonar. La anciana la apagó, con un ligero toque, y lo enrolló para meterlo en el bolso.

-Ah, mira, Uno. -dijo hurgando en la bolsa- Te traigo un regalo de tu hermano, un libro de cuentos grabado... casi me olvidaba. Te lo pondré ahora y así te hará compañía un rato.

Dejó la pequeña caja sobre la mesita de noche y pulsó un botón. Se agachó con los auriculares en la mano y se los puso a su hijo tumbado en la cama, con cuidado de no tocar el cerebro. Era una precaución inútil, estaba cubierto de una resistente capa transparente, pero es que a la anciana nunca se le dieron bien los temas tecnológicos. Los globos oculares de su hijo siguieron el movimiento de su madre mientras se despedía, besándole lo que le quedaba de la mano derecha. Los soportes articulados que aguantaban sus globos oculares temblaron ligeramente y se descoordinaron. Solía pasar si los movía mucho y, si tenía suerte, solo duraría media hora. La imagen de la habitación, vertiginosamente borrosa, se distorsionaba y multiplicaba mientras el libro empezaba a leerse. Los aparatos que mantenían a Uno Giandi con vida seguían zumbando.

Al otro lado de la ciudad, Ernesto Giandi leía la misma noticia que su madre, pero lo hacía con gran preocupación. “Nuevo éxito de Átomo!” rezaba la portada del Informador. Con un pequeño toque en la barra de herramientas, accedió a un diario más serio, al que también estaba suscrito. Las letras de sobria tipografía romana del Times sustituyeron las grandes letras de palo del Informador. “El señor de la guerra detenido por las fuerzas antiterroristas”. El tono era mucho más serio, y los detalles más interesantes y menos espectaculares, pero la preocupación de Ernesto se mantuvo inalterada. Pulsó el pequeño icono bajo la fotografía para ver el video en que un triunfal Capitán Átomo llevaba en brazos, completamente atado, a un hombre negro con bastante mal aspecto. Ante los flashes de las cámaras, entregaba al prisionero amordazado al jefe de la policía antiterrorista, embutido en un traje aislante. El capitán átomo saludaba con un gesto a los periodistas antes de alzar el vuelo. El siguiente plano ya era la rueda de prensa con el jefe de la policía antiterrorista, Christian Willis, pero antes de que empezase a hablar, Ernesto notó que le tiraban del pantalón. Pausó el video para mirar a su pequeño perro mestizo. El animal señaló con el hocico el reloj que pendía en la pared.

-Es verdad, es verdad... la hora de la comida.

El perrito trotó, alegre, hacia la cocina mientras su amo dejaba el diario doblado en la mesa.

“El ponzoñoso señor de la guerra” –pensaba mientras abría el saco de pienso- “Qué nombre...”

Y con un escalofrío, añadió “¿Cómo me llamarían a mi?”.

Se agachó para acariciar la cabeza del perro, cuya forma delataba que entre sus ancestros había pastores alemanes, y éste le lamió la mano antes de ponerse a comer con fruición las pequeñas bolitas resecas. Por suerte, le gustaban... tener un perro era ya una rareza, estaban más de moda las mascotas sintéticas, mucho más fáciles de cuidar, por lo que encontrar pienso para perros era difícil y caro. Ernesto hundió la mano en el saco y sacó un puñado de bolitas resecas. Mascó, sonoramente. Qué asco. Pero, por suerte para su perro, había montones de estudiantes sin dinero y solterones sin la más mínima noción de cocina que subsistían a base de pienso para humanos. Mientras se quitaba el sabor de la boca con un vaso de agua, pensó con una sonrisa amarga en Sara, su mujer. Exmujer, en realidad. Seguro que llevaba los dos meses que habían estado separados comiendo pienso... nunca supo manejarse en la cocina. Dejó el vaso sobre el mármol, entristecido. Pensaba en ella, una bella figura de piel pálida y largo pelo negro agachada en el suelo de la cocina comiendo de un plato de perro. No era el caso, claro, pero no podía evitar sentirse culpable. Aunque, frunció el ceño, había sido culpa de ella.

Se sentó de nuevo en la butaca, pero no retomó el diario. Aún recordaba a Sara, cuando se habían conocido en la carrera. Mutagenia. Una disciplina minoritaria a la que se dedicaban solo unos cuantos locos había pasado a ser, de pronto, la carrera de moda.

Eran otros tiempos, y él aún era un joven melenudo que tocaba la guitarra cuando el gobierno presentó en público al Capitán Átomo y a su liga de seguridad. Un gran héroe que había de proteger al País de criminales con habilidades especiales. Ernesto estaba sentado ante el viejo televisor, de los que aún no se integraban en la pared, con su entonces joven madre en el sofá y su padre en una butaca. Era un momento que algunos habían comparado a la llegada de los primeros astronautas a Marte, imborrable de la memoria. Ninguno habló mientras, en la pantalla, el joven vestido con colores llamativos alzaba sin problemas un tanque con sus propias manos y, a continuación, lo rasgaba como si de una bola de papel arrugado se tratase. Pero, pese a que ninguno hablaba, Ernesto sabía lo que pensaban. Viendo a ese hombre con habilidades especiales se sintió muy extraño, expuesto, como si hubiesen revelado por televisión que él era telépata. Pero no lo habían hecho, seguía siendo su secreto.

Un secreto que le había permitido conocer a Sara, pues pese a que muchos de los estudiantes de Mutagenia se dedicaban a ello impulsados por la existencia del Capitán Átomo, Ernesto y Sara tenían otros motivos. Sentado al lado de la atractiva joven morena y delgada, Ernesto captó en sus pensamientos que ella tenía también un secreto: Hacía unos años que había empezado a mover cosas con la mente.

El teléfono sacó a Ernesto de su ensimismamiento.

-¿Sí, diga?

-¿Señor Giandi?

-Sí, soy yo. Digame.

-Lamento informarle de que su madre, Sofia Giandi, ha muerto atropellada. Sus restos se encuentran en el Laboratorio A-5 de la policía criminalística. Podrá venir a recogerlo a partir de mañana.

Ernesto conectó una hoja al terminal del teléfono, para descargarse el mapa para saber llegar y el documento que debería rellenar para retirar el cadáver de su madre y colgó, como en trance. Se dejó caer sobre la butaca. Pronto su perro se sentó a su lado, lamiéndole la mano inerte.

La mujer se llamaba Sara Miller, aunque hasta hacía pocos meses, todo el mundo la había conocido como Sara Giandi, pues al casarse había adoptado el nombre de su marido Ernesto. Lejos de estar a cuatro patas sobre el suelo de la cocina, comiendo pienso en un cuenco de plástico, la mujer acababa de abordar una sabrosa ensalada coronada por dos sardinas en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad. Su acompañante, un hombre apuesto y trajeado, probó el gazpacho antes de seguir hablando.

-Señorita Miller, ha conseguido que la invite a cenar.

-Lo dice como si hubiese conseguido hacerle hacer algo terrible...

-Nada más lejos, en realidad cuando nos conocimos en el departamento de Mutagenia de la universidad de San Bernard se me pasó por la cabeza hacerlo.

-¿Y cómo es que ha esperado hasta ahora?

-Bueno, no se olvide de que trabajaba usted junto a su marido, el señor Giandi, y que no eran ustedes precisamente discretos...

-Nos acababamos de casar, y todo era muy bonito... pero las cosas han cambiado. –Bebió un trago de vino- Digame, pues.

-El jueves, cuando fui a buscar los resultados de los análisis...

-¿Los análisis?

-Sí, los de aquella clase de secundaria Belga donde se había fundido espontáneamente el metal de todos los pupitres...

-¿Qué ocurre? Los resultados que obtuve eran negativos, ninguna de las muestras de sangre de los alumnos era de un mutante. ¿Es que tus jefes creen otra cosa?

-No, no, el ministerio de Dotados está satisfecho con esos resultados. –El hombre volvió a llenar las copas- Verás, cuando nos vimos el jueves tu estabas muy ocupada analizando sangre traída de ese pueblo en Alaska.

-¡Sí, era una pista muy prometedora! Casi no podía apartar las manos del microscopio para darte los informes...

El hombre bebió antes de mirarla con sus penetrantes ojos verdes.

-Querida, no lo hiciste.

Mientras los dos hombres a los que Ernesto había alquilado cargaban el cuerpo de su madre en la furgoneta, el agente de policía le dio el recibo. Lo leyó, antes de firmar. Indicaba que a su madre se le habían extraído “los siguientes” órganos jóvenes, pero el espacio para decir cuales estaba vacío. Natural, su madre desconfiaba de los transplantes desde que, cuando aún era joven, su padre había muerto víctima de uno de los primeros transplantes de cerebro. Las técnicas para trasladar su conciencia a un cerebro joven, vaciado e higienizado, a la larga fallaron, y sus continuos tics y salidas de tono, que el psiquiatra había diagnosticado como síndrome de Tourette, acabaron derivando en una peligrosa demencia animal que lo condujo a la muerte. Pero no dejaba de ser irónico. De haberse sometido al transplante de piernas que el médico le había aconsejado, su madre no hubiese perdido el equilibrio en el andén y el tren no la habría arrollado.

Eustaquio y Horace se encargaron de llevar el cadáver a las cámaras frigoríficas del cementerio, su trabajo rutinario, y Ernesto se dirigió al aparcamiento, para coger su coche. Ahora venía una de las tareas más penosas, más incluso que ir a buscar a su madre muerta a una comisaría de policía. Sus padres ya no se podían ocupar de su hermano, Uno, así que, ahora, hacerlo era su cometido. Captó los pensamientos del hombre que también bajaba en el ascensor hacia el aparcamiento. Lo consideraba raro. No era extraño, Ernesto solía vestirse con ropa ligeramente anticuada, evitando cosas que él consideraba excesos, como los estampados animados. Pero era de los pocos que lo veía así, de algún modo era un hombre antiguo. Intentó captar algún otro pensamiento del hombre del ascensor, pero sus poderes telepáticos no eran como los que habían pretendido poseer los magos del pasado. No leía la mente como quien lee un libro, sino que captaba pensamientos, conceptos o estados de ánimo como el radioaficionado amateur que utiliza por primera vez su radio, sin saber lo que hace. Llegó al fin al subterráneo 17, donde había aparcado, y se despidió secamente del hombre, que tenía el coche aún más abajo. Se sentó, y el asiento se adaptó a la forma de su cuerpo, pero no arrancó. No sabía si podría ir al hospital. A ver a su hermano. Su pobre hermano Uno. A nadie parecía afectarle, todo el mundo estaba de acuerdo con el sistema. Pero a él le invadía un gran desasosiego cada vez que veía a su hermano tendido en esa cama de hospital. La primera vez, fue a visitarlo con sus padres. Uno tendría trece años, cuatro más que Ernesto. Recordaba con horror el sonido chapoteante de su respiración artificial, la cara desprovista de labios que, con una sonrisa grotesca, observaba a los visitantes. Le tendió la mano a Ernesto, era la primera vez que se veían desde que el benjamín era un bebé, y éste la tomó con horror. Le faltaban todos los dedos menos el meñique, se los habían transplantado a un niño que había sufrido un accidente con un petardo. Ernesto no volvió a pisar el hospital en más de seis años. A todo el mundo le parecía perfectamente normal que todos los primogénitos fuesen destinados, en vida, a los transplantes, pero a Ernesto la simple idea de los bancos de órganos le horrorizaba. Y la segunda vez que fue a verlo, un día que su madre estaba demasiado enferma para ello y su padre yacía ya liofilizado en un nicho a las afueras de la ciudad, la cosa fue peor. Ya tenía poderes telepáticos, y penetrar en ese edificio lleno de habitaciones y habitaciones de donantes, de “putas de carne”, como los llamaban popularmente, fue como sumergirse en centenares de pesadillas agónicas de dolor y sufrimiento, todas a la vez. Sentado en el coche, temblaba. Pero, como su único pariente vivo, tenía que ir al hospital. O, si no, a la cárcel.

La voz del lector seguía sonando sobre los oídos artificiales de Uno. Orientó los ojos hacia el reloj de la pared, y comprobó que no se equivocaba. Mamá llegaba tarde. Hacía, además, un par de horas que los calmantes habían dejado de hacer efecto, y la enfermera no volvía a pasar para darle otra dosis. Pero sabía que pulsar el botón para llamarla, si es que lo encontraba, sería inútil. Y como ya estaba acostumbrado, siguió escuchando el cuento mientras se sentía la carne abierta y hurgada por todo el cuerpo. El cuento decía, en ese momento, que el protagonista bebía una “humeante taza de café”,y lo describía como una actividad placentera. Beber. ¿Cómo sería eso? Los cuentos hablaban de cientos de cosas que él no había hecho nunca, como beber, comer, hablar, andar, tomar el autobús o disparar. Había visto como se hacía en películas, y entendía la necesidad de algunas de esas cosas, pero no podía dejar de pensar si, de poder, él se dedicaría a ducharse o hacer el amor. Estaba empezando a dormirse cuando la puerta del cuarto se abrió. Entró un hombre joven y de aspecto mareado, con el pelo de un castaño oscuro y una cuidada perilla que le enmarcaba la boca. Vestía un traje marrón y un abrigo también pardo. ¿Quién sería ese hombre marrón? Intentó forzar la vista hacia la puerta, pero como siempre que forzaba la maquinaria que le aguantaba los ojos, ésta se descontroló y empezó a moverlos de forma errática y descoordinada. Pese a todo, percibió el desasosiego del hombre marrón. Le miraba, pálido, con una expresión que tanto podía ser de dolor como de asco, sin moverse de la puerta. El cuento seguía leyéndose, imperturbable. Los minutos pasaban, y los ojos empezaron a centrarse de nuevo. Había tenido mucha suerte, muy pocas veces paraba el error a los diez minutos. Pero el hombre pardo seguía delante de la puerta, tembloroso y llevándose las manos a las sienes. Pero, finalmente, dio unos pasos y Uno pudo verlo mejor. ¡Era, sin duda, su hermano Ernesto! ¡Hacía muchísimo tiempo que no lo veía!

Alzó hacia él la temblorosa mano biológica que aún conservaba, y Ernesto la tomó.

-Hola, Uno. Soy yo, tu hermano Ernesto.

Se sentó en la silla que mamá solía ocupar. Estaba en silencio, y parecía concentrarse en algo, aunque no conseguía saber en qué.

-Si no me equivoco, mamá ayer te dio mi regalo. Cuentos nuevos.

Uno sabía que Ernesto pensaba en él, y con mucha frecuencia le mandaba a través de mamá historias que ella añadía al reproductor que descansaba sobre la mesa.

-¡Dios, Uno, esto está encendido! –Ernesto había cogido el cuadradito negro del que brotaban los cuentos- ¡Mamá se equivocó y lo puso en reproducción continua!

¿No, Qué hacía? No, Ernesto, no apagues los cuentos. ¡No lo apagues! ¡No lo apagues! Uno levantó el brazo, pero sus torpes movimientos eran incapaces de cualquier efusividad. ¡No lo apagues! ¡No lo apagues! ¡No lo apagues! Pero no podía pronunciar palabra. Y su hermano lo apagó. No, Ernesto, no lo apagues...

Y entonces su hermano lo miró a los globos oculares, sorprendido.

-¿No quieres que lo apague?

A Uno le dio un vuelco el corazón. Aunque hiciese años que latía en un pecho ajeno. Parecía que su hermano había entendido lo que le decía.

-No, no quieres que lo apague... Ya veo que estás sorprendido. Bueno, a ti puedo decírtelo, ¿A quién se lo ibas a contar? –Pulsó play- Tu hermano pequeño sabe leer mentes, Uno.

David estaba tumbado en la cama, de una altura y anchura especial para acomodar su grandísimo cuerpo. Tarareaba la cancioncita de los créditos de los Increíbles Gatos Policías, sus dibujos animados favoritos, y seguía el ritmo con su pie descalzo. Christian había estado contento con él, y eso a él le hacía estar contento. Aunque no sabía qué había hecho ese negrito al que había atrapado, el negrito había mandado a sus secuaces a atacarle, y eso no le había gustado.

De pronto, notó un estremecimiento en el aire. Sabía lo que eso significaba.

-Qué, Capitán Átomo, ¿Cómo vamos?

La inmensa figura se alzó de un bote.

-¡Esteban! ¡Has vuelto!

-Puedo hacerlo más frecuentemente desde que convenciste a los tuyos para que quitasen la cámara de seguridad de tu cuarto.

-¡Hermanito, estoy contento de verte!

-Yo también, grandullón. –El hombre, delgado aunque musculoso, se sentó sobre la cama, al lado de su hermano. –He sabido que habeis atrapado a Pierre.

-¿A quien?

-Un hombre alto y delgado, negro, con el pelo largo y...

-¿El negrito? El negrito no me gusta.

-Ya veo... ¿Por qué?

-¡Mandó a sus secuaces a que me atacasen!

-Bueno, acababas de volar el techo de su base subterránea, no me parece una reacción tan terrible.

Los ojos azules de los dos hermanos se encontraron.

-Pero yo gané. ¡Y los secuaces eran muy fuertes! –se dio una palmada en el pecho- Soy el más fuerte.

-Los zombis de Pierre siempre fueron fuertes. ¿Qué ha sido de ellos?

-Están en el laboratorio. ¿No?

-Ya te lo diré. Nos vemos, hermanito.

-¿Me traerás algo la proxima vez que vengas?

-¡No puedo dejar rastros, David! Recuerda, tu eres el héroe más grande de la tierra y yo un peligroso terrorista.

-Oh, vaya... ¿Pero por qué dicen que eres terrorista?

-Les doy miedo. Me voy, grandullón.

-¡Espera! ¿y algo de comer? ¡Si me traes comida, me la como y como estará en mi barriguita no quedarán rastros!

El hermano menor sonrió.

-Está bien, te traeré alguna comida muy especial.

-¡Bien!

-Adios, hermano.

Su figura desapareció como en uno de esos efectos de montaje de las películas antiguas en que se paraba la camara para que el actor se marchase.

-¡Adios! –Dijo alegre el Capitán Átomo. Se tumbó en la cama y empezó a tararear la canción de los Increíbles Gatos Policías.

martes, 24 de noviembre de 2009

GPRSCG


Ejercicio práctico.

Elija cual de los siguientes es un comentario adecuado al encontrarse casualmente con una vieja amiga a la que hacía tiempo que no veía:

a) Qué gracia, ¡No esperaba verte por aquí! ¿Qué tal te va todo?

b) Qué gracia, ¡Estás viejisima! Con esa cara, mejor ni pregunto cómo te va la vida, es evidente que mal.

c) Qué gracia, ¡No esperaba verte por aquí! ¿Sabes la cantidad de veces que había imaginado que te arrancaba la ropa con violencia y te follaba hasta caer rendido?

(Para conocer la respuesta a este ejercicio y muchos otros prácticos contenidos para pulir sus interacciones sociales, compre la nueva "Guía práctica para las relaciones sociales del dr. Carlo Gallucci", de Carlos López, editorial Acatarrado, Barcelona. ISBN 0-89281-525-6.)

Cita de "Adaptation".

Me he asustado cuando hoy, antes de ir a clase, he puesto "Adaptation", que teníamos que ver para hoy. Quién... Quién es ese Charlie Kaufman y por qué es exactamente yo?

"
Do I have an original thought in my head? My bald head. Maybe if I were happier, my hair wouldn't be falling out. Life is short. I need to make the most of it. Today is the first day of the rest of my life. I'm a walking cliché. I really need to go to the doctor and have my leg checked. There's something wrong. A bump. The dentist called again. I'm way overdue. If I stop putting things off, I would be happier. All I do is sit on my fat ass. If my ass wasn't fat I would be happier. I wouldn't have to wear these shirts with the tails out all the time. Like that's fooling anyone. Fat ass. I should start jogging again. Five miles a day. Really do it this time. Maybe rock climbing. I need to turn my life around. What do I need to do? I need to fall in love. I need to have a girlfriend. I need to read more, improve myself. What if I learned Russian or something? Or took up an instrument? I could speak Chinese. I'd be the screenwriter who speaks Chinese and plays the oboe. That would be cool. I should get my hair cut short. Stop trying to fool myself and everyone else into thinking I have a full head of hair. How pathetic is that? Just be real. Confident. Isn't that what women are attracted to? Men don't have to be attractive. But that's not true. Especially these days. Almost as much pressure on men as there is on women these days. Why should I be made to feel I have to apologize for my existence? Maybe it's my brain chemistry. Maybe that's what's wrong with me. Bad chemistry. All my problems and anxiety can be reduced to a chemical imbalance or some kind of misfiring synapses. I need to get help for that. But I'll still be ugly though. Nothing's gonna change that."

La película ya me había conquistado. "¿A ver qué hace este personaje que soy yo?"

lunes, 23 de noviembre de 2009

Documentación informativa

El siguiente documento, en inglés en el original, forma parte de las pruebas recogidas por la policía de Blatimore, Estados Unidos, en el caso 19288371. Actualmente se encuentra almacenada en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham, Estados Unidos:

Lunes 12 de diciembre

La reciente misiva de Roderick me ha turbado hasta niveles que no consigo superar. Los viejos recuerdos, esa adolescencia que pasamos juntos... Me llena una melancolía intolerable que sólo los más poderosos narcóticos consiguen apagar. ¿Qué hacer?
Sufro, además, Por Madeline.


Martes [Ilegible]

Esta noche he soñado de nuevo con la Escuela Manderley Para Jóvenes Dotados. Me ha angustiado otra vez la soledad que sentí en esos años, rota solo por la compañía de [Roderick].
Conspiramos, confabulamos, pero al final todo terminó.
¿Por qué retomar el contacto con Harvey?

Miércoles 14 de diciembre

Me he sentido mal todo [el día], como si un velo de algodón me embotase los sentidos. Últimamente me cuesta respirar. He estado hablando con mi amigo, en sueños, y ya no puedo soportarlo más: no puedo abandonarlo en su soledad. Mañana, o en dos días si no consigo solucionar mañana unos asuntos, partiré a su encuentro.
Pero, de algún modo, siento como si mis miembros estuviesen atados, inmovilizados.

Jueves 15 de diciembre

Esta mañana, cuando uno de los criados vino a traerme el desayuno, el simple crujido de sus pies sobre la madera del piso me hacía retorcerme de dolor. El sonido, todos los sonidos, se han vuelto insoportables.
[Ilegible]
He decidido echarlos a todos. No soporto más su constante corretear por la casa. He llegado envuelto en tinieblas blancas, en mi camisón, cubierto de sangre. ¿Es mi sangre? ¿Es la de Roderick?
Soy Harvey.
¿Soy Harvey Ulisses?

¿Quién [Ilegible]

Viernes 16 de diciembre

Harvey ha llegado hoy a la mansión. Él también conoce la crueldad de los míos. De los de mi sangre. La casta maldita, de crueldad natural, monstruos por instintos, capaces de sacrificar la identidad de su única hija para salvar el linaje.
Pero yo nunca seguí el plan. Nunca adopté.
Madeline, por fin, vuelvo a andar. Pero Madeline no existe, desde que nació que he sido Roderick. Pero Roderick es una mentira, solo hay Madeline. ¿Y Harvey?
Insustancial, mi único amigo, me ayudó a enterrarla para siempre. Pero ha vuelto, la he recordado.
Pronto no podré tener hijos nunca más. Mejor así. Será el fin de la crueldad.

Aún así, habrá que asegurarse.

[El documento es una página arrancada de un diario Moleskine. La caligrafía, nerviosa, es dificil de identificar y de descifrar, pues se encuentra agresivamente tachada con la pluma hasta el punto de llegar a rascar el papel, pero estudios grafológicos parecen indicar que se trata de la víctima de suicido (caso 19288371) , Roderick Usher, ecncontrado ahorcado en su vieja mansión del Pantano Usher, en Baltimore.]

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Otro mal presagio.

Esta mañana tampoco me reflejaba en el espejo. Empiezo a creer que a lo mejor no tiene nada que ver con la fiebre que tenía el martes.

lunes, 9 de noviembre de 2009

La segunda parte de la cita de Dick.

(empieza en http://pensamientosdeuntiporaro.blogspot.com/2009/11/otra-cita-de-dick-que-podria-dar-un.html )

Para exorcizarlo decidí escribir sobre él, y la verdad es que conseguí lo que pretendía. Pero ahora sabía que había visto al maligno en persona, y de vez en cuando comentaba: "El maligno tiene un rostro de metal". Si quereis verlo con vuestros propios ojos, mirad las fotografías de las máscaras de guerra de los griegos áticos. Cuando los hombres desean inspirar miedo y matar se ponen rostros de metal como estos. Los caballeros cristianos a los que combatió Alexander Nevsky lleavaban máscaras cómo éstas. Todos tenían el mismo aspecto. Yo no había visto Nevsky cuando escribí Los tres estigmas, pero la vi más adelante, y cuando lo hice volví a ver aquella cosa colgada del firmamento, igual que en 1963, la cosa en la que se había transformado mi padre cuando yo era niño.
Así que Los tres estigmas es una novela que surgió de un profundo miedo atávico, un miedo que se remonta a mi infancia, relacionado sin duda con la tristeza y la soledad que sentí cuando mi padre nos abandonó. En la novela, mi padre aparece como Palmer Eldritch (el malvado padre, la criatura diabólica de la máscara) y también como Leo Bulero, el hombre delicado, gruñón, cálido, humano y lleno de amor. La novela surgió de la más intensa angustia que se pueda imaginar. En 1963 yo estaba viviendo de nuevo el aislamiento original que se había abatido sobre mi al perder a mi padre, y el horror y el miedo que transmite no son sentimientos ficticios concebidos para captar el interés del lector. Provenían de las regiones más profundas de mi interior: el anhelo de un buen padre y el miedo del malvado, el padre que me abandonó.
En el relato Los días de Perky Pat encontré un vehículo que podía transformar en base temática para la novela que quería escribir. Perky Pat es la criatura eternamente sugerente y bella, das ewige Weiblichkeit, "el eterno fememenino", como lo definió Goethe. El aislamiento generó la novela y el anhelo generó el relato, de modo que la novela es una mezcla de miedo al abandono y fantasía, la de una mujer hermosa que te espera..., en alguna parte, conocida solo por Dios. Aún tengo que averiguarlo. Pero una cosa puedo decir: si estás solo un día tras otro, delante de tu máquina de escribir, hilvanando relato tras relato sin nadie con quien hablar y sin nadie con quien pasar el rato a pesar de tener, teóricamente, una mujer y cuatro hijas, de cuya casa has sido expulsado, desterrado a una cabaña de una sola habitación, tan fría que en invierno la tinta se congela en el tintero, acabarás escribiendo sobre caras metálicas con ranuras en lugar de ojos y sobre cálidas jovencitas. Es lo que yo hice. Y lo que aún sigo haciendo.
Los tres estigmas recibió una acogida diversa. En Reino Unido algunos críticos la describieron como una blasfemia. Terry Carr, mi agente en Scott Meredith en aquella época, me dijo: "Esta novela es una locura", aunque finalmente acabó por cambiar de opinión. Otros la definieron como una novela muy profunda. Para mí era simplemente aterradora. Me daba tanto miedo que no fui capaz de leer las galeradas. Es una siniestra travesía al reino de lo místico, lo sobrenatural y lo totalmente malvado, tal como lo concebía yo por entonces. Digamos que me gustaría que Perky pat se presentara en mi puerta, pero me da pánico la posibilidad de que, cuando vaya a abrir la puerta, sea Palmer Eldritch y no ella quien ha llamado. De hecho, para ser sincero, ninguno de los dos ha aparecido en mi puerta en los diecisiete años transcurridos desde que escribí la novela. Imagino que la vida es así: nunca llega a suceder lo que más temes, pero tampoco lo que más anhelas. Ésa es la diferencia entre la vida y la ficción. Supongo que no está mal que sea así. Pero tampoco estoy seguro. (1979)"

viernes, 6 de noviembre de 2009

Otra cita de Dick, que podría dar un bonito cortometraje.

"LOS DÍAS DE PERKY PAT "The Days of Perky Pat" ("In the Days of Perky Pat") [18 de abril de 1963] en Amazing, diciembre 1963.
Los días de Perky Pat se me ocurrió un día al ver a mis hijas jugando con unas barbies. Obviamente, estas muñecas anatómicamente hiperdesarrolladas no estaban diseñadas para el uso de los niños o, para ser más precisos, no deberían haberlo estado. Barbie y Ken eran dos adultos en miniatura. La idea era que había que seguir comprándoles más y más ropa a fin de que mantuvieran el tren de vida al que estaban acostumbrados. Tuve una visión en que Barbie entraba en mi dormitorio de noche y me decía "Necesito un abrigo de armiño". O, peor aún, "Eh, chicarrón, ¿Quieres hacer un viaje a Las Vegas en mi Jaguar XKE?". Me entró miedo que mi esposa me sorprendiera con Barbie y nos pegara un tiro.
La venta de Los días de Perky Pat fue muy fácil, porque en aquella época Cele Goldsmith, una de las mejores profesionales del medio, era la editora de Amazing. Avram Davidson, editor de Fantasy & Science Fiction la había rechazado, pero más tarde me contó que, de haber sabido de las muñecas Barbie, posiblemente no lo hubiese hecho. Me cuesta creer que alguien no conozca a las muñecas Barbie. A fin de cuentas, yo tenía que hacer frente a sus caros caprichos constantemente. Era tan difícil como mantener en funcionamiento mi aparato de televisión: el aparato siempre necesitaba algo, y lo mismo le pasaba a Barbie. Siempre pensé que Ken tendría que comprarse su propia ropa.
Aquella época (comienzos de los años sesenta) fue muy prolífica para mí, y algunos de mis mejores relatos y novelas datan de entonces. Mi mujer no me dejaba trabajar en casa, así que alquilé una pequeña cabaña por veinticinco dólares al mes, a la que me iba a trabajar todas las mañanas. Estaba fuera del condado. Lo único que veía durante el trayecto eran unas pocas vacas en sus pastos y mi propio rebaño de ovejas, que nunca hacían otra cosa que caminar tranquilamente detrás de los pastores. Aquella cabaña en la que me pasaba los días enteros era terriblemente solitaria. Puede que echara de menos a Barbie, que estaba en casa, con los niños. Así que es posible que Los días de Perky Pat fuera la expresión fantasiosa de mis propios deseos. Me habría encantado ver aparecer a Barbie -o a Perky Pat o a Connie Companion- en la puerta de mi cabaña.
Lo que sí apareció fue algo espantoso: la visión del rostro de Palmer Eldritch, que se convertiría en la base de la novela Los tres estigmas de Palmer Eldritch, generada por el relato de Perky Pat.
Un día estaba caminando por la acera que llevaba a mi cabaña, preparándome para hacer frente a ocho horas de escribir en un aislamiento total de la especie humana, cuando levanté la mirada hacia el cielo y vi una cara. No la vi en realidad, pero estaba allí, y no era una cara humana; era el semblante de una maldad absoluta. Ahora me doy cuenta (y creo que también lo hice en su momento) de que lo que provocó aquella visión fueron los meses de aislamiento, la privación de todo contacto humano, la ausencia, de hecho, de estímulos sensoriales... En cualquier caso, el semblante estaba allí, imposible de ignorar. Era inmenso. Ocupaba una cuarta parte del cielo. Tenía dos ranuras vacías en lugar de ojos, era metálico y cruel y, lo que es peor, era Dios.
Subí al coche y fui a mi iglesia, la episcopaliana de Saint Columbia, donde hablé con mi pastor. Tras escucharme, llegó a la conclusión de que había vislumbrado a Satán por un momento, y me dio la extremaunción. No la extremaunción final, sino una puramente curativa. No me sirvió de nada: el rostro de metal seguía en el cielo. Estuvo allí todo el día.
Años más tarde, mucho después de haber escrito Los tres estigmas de Palmer Eldritch y habérselo vendido a Doubleday (la primera vez que les vendí una de mis obras), me encontré con un retrato en un número de la revista Life. Se encontraba en un búnker de observación construido por los franceses en el Marne, durante la primera guerra mundial. Mi padre había combatido allí durnante la segunda batalla del Marne. Mi padre pertenecía al Quinto de marines, una de las primeras unidades norteamericanas que llegó a Europa para participar en aquel espantoso conflicto. Cuando yo era muy niño me enseñó su uniforme, con la máscara de gas, el equipo de filtración y todo, y me contó que, durante los ataques con gas, a los soldados les entraba el pánico cuando se saturaba el carbón de sus sistemas de filtración y algunos llegaban a arrancarse la máscara y echar a correr. Yo sentía una enorme ansiedad al escuchar esas historias. Y también al ver a mi padre jugando con su máscara y su casco. Pero lo que más me aterraba era cuando se la ponía. Su rostro desaparecía. Dejaba de ser mi padre. De hecho, dejaba de ser humano. Yo solo tenía cuatro años. Cuando mis padres se divorciaron, pasé años sin verlo. Pero su imagen con aquella máscara, fundida con los relatos de hombres con las tripas colgando, hombres destruidos por la metralla... Décadas después, en 1963, al caminar un solitario día tras otro por aquella senda campestre, sin nadie con quien hablar, sin nadie con quien estar, volví a ver aquel semblante metálico, ciego, inhumano, solo que esta vez trascendente y vasto, completamente maléfico.

martes, 3 de noviembre de 2009

Bloqueo

-¡Que no pienso salir de casa! ¡Que no, déjame en paz!
-¿Pero qué te ocurre, Manuel?
-¡Déjame en paz, no pienso salir!
-¡¿Pero por qué?!
-¡Porque soy virgen!
-¿Vir...? ¿Pero qué tendrá que ver que seas virgen o que...?
-¡Que me dejes en paz, que no pienso salir a la calle porque soy virgen!
-¿Pero qué ocurre, que te da vergüenza? No se te nota nada raro, si es eso no te...
-¡No seas idiota!
-¡No te pases ni un pelo, Manuel!
-¡No pienso salir a la calle porque es un riesgo demasiado grande!
-¿Un riesgo? ¿Riesgo de qué? ¿Te preocupa que vayan disparando a la gente virgen por la calle?
-¡Pues claro que no! ¿Me tomas por idiota?
-Entonces, ¡¿Por qué?!
-Imaginate que salgo a la calle, voy a cruzar y, ¡BAM! Me atropellan.
-Eso qué...
-O que cruzo la calle, llego hasta la esquina y ¡BAM! ¡Un chungo me amenaza con una navaja, malinterpreta uno de mis gestos y me pega un cuchillazo!
-Y eso te va a pasar porque seas...
-O doblo la esquina, me encuentro de pronto enmedio de una manifestación que se vuelve violenta y, como me parezco al instigador, ¡BAM! ¡Una brutalidad policial acaba con que me matan accidentalmente!
-Eso es muy impr...
-O me salgo de la manifestación a tiempo pero me he frotado sin quererlo con una sindicalista con muchos gatos, paso por delante de un anciano que pasea a un doberman enorme y ¡BAM!, ¡Me huele y me arranca la cabeza de un mordisco!
-Pero qué...
-O el perro no huele nada, pero el viejales está infectado con una rara enfermedad tropical y me la contagia y, ¡BAM! ¡Antes de volver a casa por la noche ya estoy muerto por las callejas de la ciudad!
-¿Pero cómo quieres que te pasen esas cosas? ¡Deja de comportarte como un idiota, Manuel!
-¡Lárgate ya y déjame en paz! ¡No tengo la menor intención de morir virgen! ¡No pienso salir!

miércoles, 28 de octubre de 2009

¡Por fin!

Mi amor extremo por la comida me impidió volverme anoréxico.
Nadie me ha dado la oportunidad de provocar un embarazo no deseado o de infectarme con Sida.
Parece ser que no me vi afectado por todo el asunto de las "vacas locas".
Mi completa falta de trato con el sector plumífero de la sociedad me salvó de la gripe aviar...

...¡Creo que ya era hora de que cogiese alguna enfermedad mediática!

Gracias, gripe A.

viernes, 23 de octubre de 2009

Fuente: IMDB

"Philip K. Dick first came up with the idea for his novel 'Do Androids Dream of Electric Sheep?' in 1962, when researching 'The Man in the High Castle'. Dick had been granted access to archived World War II Gestapo documents in the University of California at Berkley, and had come across diaries written by S.S. men stationed in Poland, which he found almost unreadable in their casual cruelty and lack of human empathy. One sentence in particular troubled him: "We are kept awake at night by the cries of starving children." Dick was so horrified by this sentence that he reasoned there was obviously something wrong with the man who wrote it. This led him to hypothesize that Nazism in general was a defective group mind, a mind so emotionally flawed that the word human could not be applied to them; their lack of empathy was so pronounced that Dick reasoned they couldn't be referred to as human beings, even though their outward appearance seemed to indicate that they were human. The novel sprang from this."

jueves, 22 de octubre de 2009

Esperanzas virtuales

Cada vez que el facebook me dice que además de alguna "solicitud de amistad" o de "farmville" tengo "una solicitud de otro tipo", pulso el link esperanzado. Pero nada de nada.

martes, 20 de octubre de 2009

Entrevista con el quidam.

Me froto los ojos, intentando esconder un bostezo. Es muy tarde para mí, hombre de sueño exigente, pero no había otra manera. Y esta entrevista puede ser crucial, la que me elevase de la categoría de simple plumilla de diario local a respetado periodista internacional.
Sentado en la butaca, está mi amigo. Quisiera hacerle una fotografía, pues su aspecto es interesante, con la piel relativamente pálida sobre el cuero oscuro, ojeando una de las revistas que tenía sobre la mesilla auxiliar. Pero, claro, no serviría de nada, la fotografía aparecería vacía. Mi amigo es un vampiro.
Maldigo interiormente a Anne Rice por haber hecho famosa una novela con el título "Entrevista con el vampiro". Hubiese sido un título perfecto para esta pieza, o incluso para un posible libro, pero claro... Ya no podía utilizarlo.
Si al menos el vampiro se llamase de otro modo, podría haber usado su nombre como título. Pero "Severino" no es ni exótico ni romántico, y no evoca más que casposos bigotillos franquistas o ancianos decrépitos y marchitos.
Y ese no es precisamente el aspecto de Severino. Es muy delgado, y ahora viste su sencillo traje a cuadros, propio de un profesor poco estiloso o un oficinista que viste de saldos. Lo cual es lógico, pues antes de ser vampiro, había sido profesor de primaria en un pequeño pueblo de interior.
Me siento en el sofá que hace ángulo con la butaca y sorbo algo de café, caliente y humeante.
-Mmh, huele bien. -Dice Severino, apartando la revista. -A veces me pregunto por qué no harán perfumes con el aroma del café recién hecho.
Le sonrío mientras pongo una grabadora sobre la mesilla. La verdad es que odio hacer las entrevistas con grabadora, pero en este caso el testimonio sonoro podría ser interesante para vender la historia. Desde luego, si grabar con una cámara a Severino fuese posible, lo habría preferido. Pero en fin. Lo que no haré será renunciar a tomar notas en una de mis fieles libretas.
-Te agradezco de nuevo que accedieras a hacer esta entrevista, Severino.
-¡No es nada, Carlos! Además, sabes que agradezco la compañía... durante el fin de semana, todo bien, pero entre semana todo el mundo tiene que dormir. Y como ni siquiera puedo quedar para ir a cenar con nadie, pues acabo viendo la película de turno en el plus.
-Hombre, la verdad es que si he conocido a un cinéfilo, ese eres tú.
-Bueno, pero al final uno se cansa de ver una película cada noche... Y, además, el problema del plus es que tengo que pegar cinta aislante en la esquina de la pantalla.
-¿Cómo? ¿Eso por qué?
-¡Para tapar el logo! ¿No ves que es una cruz? Y si pongo la tele un minuto antes de la película, o uno después, los anuncios con el logo de las narices me pegan unos sustos...
Un vampiro que se asusta de la televisión. Vaya forma de empezar la entrevista. Lo que de verdad me interesa es conseguir alguna culebronada a lo Crepúsculo, o un relato de refinado terror como el de Drácula... O quizás una trágica historia de origen. Sí. Por eso es por lo que le voy a preguntar ahora.
Severino sonríe de nuevo, y fija los iris rosados, casi blancos, en la ventana y en el pasado. Lo observo mientras recuerda. Tiene el cuerpo blanco y chupado, como un guante de látex que se ha hinchado y deshinchado demasiadas veces, pero el blanco absoluto de su piel lo interrumpe un completísimo mapa del sistema circulatorio humano, profundamente granate, que casi se diría que se puede ver estremecerse con el paso de la sangre densa y oscura. Después de unos instantes, vuelve a fijar la vista en mi.
-Todo esto pasó hace ya muchos años... Yo ya era un anciano profesor de primaria, allá, en el pueblo. Don Severino, estricto pero benévolo, respetado por todos, querido por muchos... tenía una buena vida, sí señor. Pero, claro, entonces pasó lo de Cris.
-¿Cris? ¿Quién fue? ¿Un romance perdido? ¿Quizás una amada, víctima de un malvado vampiro del que solo se podía vengar abrazando su pervertida naturaleza?
-¿Qué? No, no, nada de eso. Cris es el diminutivo de Cristóbal Moreno. Había sido alumno mío en el colegio, pero justo cuando empezaba el curso dejó de asistir a clase.
-¿Murió?
-No, no. Sus padres me mandaron una nota diciendo que ya no asistiría más.
Suspiro. ¿Notas de papá y mamá? Este relato tiene interés para un historiador, quizás, que se centre en los vampiros. ¿Pero eso qué valor periodístico tiene? Sin percatarse de que he dejado de tomar notas, Severino prosigue su relato.
-Y Resulta que una noche, cuando el curso ya se había acabado, la familia Moreno me invitó a cenar. Yo había conocido sobretodo al señor Moreno, pero ya hacía varios años que había muerto. Fue su sucesor, quien se había casado hacía poco con la viuda Moreno, quien me transformó en vampiro.
Rápidamente, hago una extraña línea ondulante que intenta resumir lo que me acababan de contar.
-¡¿Así pues, el vampiro había matado al señor Moreno para quedarse con su señora?!
-¡Oh, no, qué disparate! -Severino rió con su característica voz andrógina.- La señora Moreno conoció a Bartolomeo, pues así se llamaba el vampiro, una noche cuando oyó un ruido fuera de la casa. El pobre, estaba corriendo por los tejados cuando tuvo la mala suerte de fijarse en que los cruces de las calles tenían, precisamente, forma de cruz. El susto le hizo desmayarse y caer justo delante de la puerta de los Moreno.
He vuelto a dejar de tomar apuntes.
-Todo esto y algo más fue lo que me contaron esa noche... ¡Fue bastante sorprendente!
-¿Mmh?
-¡Todos en la familia se habían vuelto vampiros!
-¡Oh! ¿La invitación a "cenar" fue, por lo tanto, una excusa para alimentarse de ti?
-¡Dios mío, no! Como los vampiros no necesitan comida (más que la consabida sangre), calefacción, agua, ni prácticamente nada, los Moreno habían decidido ser todos vampiros. Pero eso significaba que el pequeño Cristóbal no podía ir al colegio. Por eso, me pidieron si podía hacerle clases particulares.
-Ah.
-Y, bueno, un tiempo después de empezar con las clases, Cris me dijo que si no me gustaría ser un vampiro. Y cómo estaba ya muy anciano, los achaques me hacían el día a día cada vez más dificil y, en realidad, estaba a punto de jubilarme, me dije ¡Qué demonios! Y así, después de consultarlo con sus padres, me transformaron en vampiro.
¡No te puedes imaginar qué sensación de purificación que siente uno al vampirizarse!
Vuelvo a estar alerta. Lo que me ha contado hasta ahora es terriblemente aburrido para mis lectores. Pero ahora ya podía ver el titular. "Ser vampiro te purifica el alma". A la gente siempre le ha gustado maravillarse ante la parte positiva del vampirismo, regocijarse ante la simple imaginación de la posibilidad de ser un vampiro aunque nunca pudiesen llegar a atreverse a dar el paso a serlo aunque hubiesen conocido a uno.
-¿Purificación? -le digo- ¿Dirías que ser vampiro te purificó el alma?
-¿El alma? No, no, no me refería a eso.
-¿No?
-No, en realidad es... es como... como una enorme purga.
-Una... purga...
"Ser vampiro es como una enorme purga" no es tan buen titular.
-Sí, sí. De pronto, todos los contenidos de tu cuerpo, todos los líquidos, los jugos gástricos, los excrementos, el sudor, la propia sangre... todo se expulsa. Hay que admitir que es todo un poco asqueroso. Pero una vez uno está vacío y bebe la primera sangre de su no-vida, uno se siente limpio, como una máquina impoluta perfectamente engrasada por la sangre ajena, procesada y purificada para ser una perfecta gasolina que te hace funcionar sin la más mínima mácula.
-Uhm. Ya veo. -tengo que cambiar de tema, a algo con más chicha- ¿Y el hecho de chupar la sangre a la gente no te carga la conciencia?
-¡Oh, nada de eso! Hay gente que cede su sangre a los vampiros a cambio de favores.
-¿Qu...?
-Son pocos, y a ellos les conviene mantener el secreto, pero a cambio de que les hagamos arreglos en casa, les hagamos traslados, nos encarguemos de las plagas o cosas similares, nos dejan mordeles un poco y tomar la sangre que necesitemos.
-Yo... Oye, Severino... Estoy muy cansado, quizás sea mejor que vuelvas a casa y lo dejemos para otra noche. Lo siento, pero esto de no dormir...
-Lo entiendo, no te preocupes, Carlos. Ya seguiremos otro día.
Se despide, amable. Se pone el abrigo, me pide permiso para llevarse la revista que había estado hojeando y le digo que sí, que se la regalo.
-Nos vemos el jueves que viene para la película semanal con Fernando, ¿Eh? -dice al despedirse.
Cierro la puerta, hastiado. Quizás, para el suplemento, en vez de esta entrevista escriba un reportaje sobre esos perritos que bailan en la Rambla...
Al menos será un tema más emocionante.

lunes, 19 de octubre de 2009

Defendiendo al amigo

Las brumas del alcohol y el tabaco humeante. El estupor de la bebida. Las masas de desconocidos. Los olores desagradables. Siempre describo la noche con las mismas palabras.
Pero el caso es que estabamos en un famoso bar, con sus sillas, sobadas anteriormente por cientos de culos borrachos, sus mesas, andrajosas y pegadizas, bebiendo de los pequeños vasos idénticos los licores servidos de jarras iguales, todo manoseado y rechupeteado por generaciones de individuos alcoholizados.
Pero, eh, ¡Que me gusta ir ahí con los amigos! Al menos con los amigos con los que me gusta emborracharme.
En fin, que estabamos en el bar de marras, pero no como íbamos a veces con los colegas. Esta vez era por un cumpleaños. El de la novia de mi amigo.
Ya hacía un rato que habíamos estado bebiendo y jugando a uno de esos absurdos rituales que mediatizan la consumición de alcohol y crean una dinámica social mucho menos aparentemente deprimente que el simple beber en compañía. Una chorrada. ¿Que me divertía, eh? Pero llevabamos ya lo suficiente como para que el alcohol y el cansancio ya de hacer el primo hicieran que los contertulios beodos empezasen a deambular por ahí. Cambios de sitio, meadas urgentes, salidas a tomar el aire...
Los tiparracos que se apresuraban por la taberna apestosa eran, en su mayoría, amigos de la novia de mi amigo y del amigo en cuestión, pero no amigos míos.
Y entonces esta amiga mia, novia de mi amigo, que hasta ahora había estado sentada entre él y yo, se levantó y se dirigió con pasos temblorosos a sentarse junto a uno de sus amigos. Un tipo vulgar, barbudo como todos los amigos de ella (y del novio), relativamente rollizo. ¿Un buen tío, eh? Bromeaban, reían, y en algún momento, ella le abrazó.
Las alertas se dispararon. No podía evitar sentir una especie de agresividad contra el tipo. ¡Esa era la novia de mi amigo!
Me pasa, cuando bebo.
Pero la fiesta en cuestión siguió con tranquilidad, y quizás tras una hora de tragar mezclas afeminadas de espirituosos flojos, la amiga se había sentado al lado de otro de los tipos. Barbudo, siguiendo la desaseada tradición, con la cabeza rapada en un intento de ocultar su ridícula calvicie.
Con su, ja ja, increíble ingenio, soltaba la lascivia empaquetada en pequeñas píldoras de humor. Cojonudo el tío, no me malinterpreteis. Pero el caso es que tuvo suerte de que no pudiese levantarme de la trompa de mamut que llevaba a cuestas, porque ¿Qué coño se creía que hacía? ¡Esa era la novia de mi amigo!
Pero el tipejo en cuestión sonreía también ante las bromas...
Ya no veía de qué cantidad era el billete que acababa de poner sobre la mesa para pagar la ultima jarra cuando ella volvió a sentarse entre su novio y yo mismo.
Las conexiones de mi maltrecho cerebro luchaban para ver algo entre la espesa oscuridad del sitio, con su música mal calibrada y las paredes excéntricamente decoradas. Una cabeza de animal por allí. Un antiguo anuncio de supositorios por allá. Una serie de discos que nadie conocía, colgados siguiendo alguna lógica insondable. Una horterada, en resumen.
La amiga paga la otra mitad de la jarra. Compartimos el brebaje y le digo algo, el alcohol ya me ha hecho olvidar el qué, ingenioso aunque algo picante. Se ríe y me abraza, cariñosa. Mientras tanto, mi amigo se ríe.
Mierda.
Llevo... dos años haciendo lo mismo que los barbudos. Pero soy un tío estupendo, ¿Eh?

jueves, 15 de octubre de 2009

Critica

-¡Solo piensas en sexo! ¿Pero es que todo lo que escribes tiene que ver con chicas?
-No, no, qué va. También soy zoofílico.

martes, 13 de octubre de 2009

Thearcoski

-¡Me encanta jugar a los bolos!
-Y a mi... incluso aunque tenga los músculos de los brazos tan débiles que luego me duelan unos días. ¡Incluso me había planteado empezar a jugar regularmente!
-¿Y por qué no lo hiciste?
-Afectaba demasiado a mi vida sexual.

domingo, 11 de octubre de 2009

Robado de internet




" I just googled the name of a girl I like, because, as she is a friend of a friend, I almost know nothing about her. (I know she studies biology and is now in Switzerland doing an intership for an important biotecnology firm).
I hoped to find some kind of general info, maybe a blog or a fotolog, I don't know...

But I ended up knowing her results in the exam everybody in Spain has to take before being able to access university.


AND THOSE RESULTS ARE SUPPOSED TO BE PRIVATE.


I was just terrified to think what would happen if, the next time I meet her, I decide to talk to her for the first time (I've seen her twice or such and I'm shy...). Because I'll meet her at a party. And this means I'll be drunk.

"Hey, baby, how was that internship in Switzerland?"
"How do you know that?"

"*mutual friend* told me... And I'm not surprised they gave this possibility to you!"

"Why do you say that?"

"Well, you Selectividad exams results were really high..."
"O_o ... I think I'm going to go home now." "

sábado, 3 de octubre de 2009

Curricula

-Pues, Helena, después de pasarme la semana haciendo ver que soy un turista en este pueblo que te digo, el más pequeño de España, agarraría todas las fotos que hice, las imprimiría a muy muy pequeña escala y haría un álbum diminuto, que donaría al museo local.
-¡Me encanta la idea! ¡Eres muy creativo, Andrés!
-Claro que para pasarme tres meses en un pueblo perdido haciendo fotos y haciendome el alemán, pediría una ayuda a la Generalitat. De esas para artistas, ya sabes.
-Sí, mi novio pidió una para su última exposición de serigrafias.
-Aunque, claro, él tiene un currículum como artista que permite que reciba ayudas gubernamentales... Él sí que podría conseguirla para mi "proyecto turista", pero yo, sin credenciales...
-Eso es verdad, es más facil si tienes un currículum artístico como el de mi novio.
-¡Qué envidia me da! ¡Él puede hacerte tantas cosas que yo querría hacer!
-¿Qué has dicho?
-¡Digo que qué envidia! Que como artista puede hacer tantas cosas que yo querría hacer...

jueves, 1 de octubre de 2009

Noche estrellada.

El calor que desprendía el cuerpo rollizo de Diego solía ser una molestia cuando se sentaba tan cerca, pero en el frío del mirador del Tibidabo en el que nos encontrabamos, resultaba relativamente agradable. Delante, sujetando el móvil con el altavoz encendido, estaba Leopoldo, bajito y tosco, para que pudiésemos escuchar la conversación. Y más allá, a través de las ondas telefónicas, nuestro viejo amigo Pau.
Normalmente, los cuatro ibamos las noches de los viernes al Tibidabo, a los varios miradores, buscando alguno no demasiado concurrido. Era entonces cuando Leopoldo lamentaba su reciente ruptura con su novia, a la que había dejado por infiel. Y cuando Diego, sentado demasiado cerca, insultaba a las mujeres con su particular mezcla de vulgaridad y resentimiento acumulado: su novia lo había dejado, por razones nunca conocidas, hacía ya cuatro años, cuando todavía era delgado y se vestía con camisetas de grupos de música alternativos.
El resto de la tropa éramos yo, largo y delgado, de miembros huesudos y cabeza enorme y pelada, incapaz de establecer una relación normal con la mayoría de seres humanos y, especialmente, con una mujer, y Pau, de aspecto poco notable excepto por el pelo extremamente rizado y con tan poca experiencia con el sexo femenino como yo, pese a su mucho menor dificultad para relacionarse con las damas.
Y eran precisamente estos dos últimos elementos los que nos habían reunido esa noche en el Tibidabo alrededor de un teléfono. Pau había ido a cenar a casa de una "amiga", que como ninguno de los tres sabía recordar como se llamaba, había recibido el mote de "La del e-mail".
Mote derivado, y todo acaba relacionándose, con el hecho de que, tras una fiesta, le mandó a Pau un e-mail diciendole que le parecía "mono". Por ello le había invitado a cenar a su casa. Y por eso estábamos los tres escuchando atentamente los tonos del teléfono de Pau.

Por fin contestó. Nervioso, como siempre que hablaba por teléfono, con un tono de voz mínimamente ahogado.
-¡Buenas! -Exclamó Leopoldo con su voz grave y ronca- ¿Cómo te va, tío?
Pau, telfóbico, respondió que bien.
Estábamos emocionados por él, pero yo, en mi costumbre de intentar quitarle importancia a cosas que puedan tenerla, pregunté por lo único que a nadie le interesaba.
-¿Bueno, Pau, y qué te ha dado de cenar?
Pau empezó a pronunciar una respuesta (mac...) cuando, en uno de sus tradicionales exabruptos, Diego escupió con voz de hincha en el campo -¡CARNE EN BARRA!
-¡Diegoooooo! -nos quejamos Leo y yo, al unísono mientras el aludido se reía a voz de grito mesándose la larga barba desordenada que le nacía en el cuello y se le desparramaba por el pecho.
Iba a decirle a Pau que siguiese hablando cuando, a través del pequeño altavoz, lo oí.
-yo no... pero ella sí.
En ese momento no supe qué decir. Los demás estallaron en vítores masculinos de los que se usan para decir "Machoteee" o "Mostruooo". Pero un peso, que hasta entonces no sabía que pendía sobre mi, se desplomó y me aplastó las entrañas.

Seguí escuchando el relato susurrado de Pau siendo el único miembro del cuarteto que no había tenido nunca nada con una chica.